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El antianorteamericanismo suele mirar, tan admirado como engañado, a Francia

El sociólogo francés Frédéric Martel demuestra que Estados Unidos dedica, proporcionalmente, más dinero a «actividades culturales» que los países europeos

Dos mitos de nuestro tiempo, el de la Cultura y el de la Europa sublime, destruidos por los hechos

Martes 9 de enero de 2007, por ER. Washington

Frédéric Martel ha publicado en Gallimard De la Culture en Amérique, donde arremete contra los Ministerios de Cultura propios de la mayoría de países de Europa demostrando que sus subvenciones arbitrarias e ideológicamente interesadas anquilosan a una clase de «creadores» incapaces de encontrar público para sus productos. En EEUU se gasta proporcionalmente más dinero público por habitante que en Francia en «actividades culturales», pero proviene de fuentes mucho más diversas

Martel, que ha ocupado varios cargos en el Ministerio de Cultura francés, incluyendo la agregaduría cultural en Boston, Massachussets, intenta responder al dilema de por qué los bienes de consumo englobados en la mítica Cultura proliferan con mucho mayor éxito en Estados Unidos que en los países europeos; tanto éxito que en Europa se compran productos e ideas de factura americana en las más variadas esferas.

El autor, siguiendo la doctrina de los «tres sectores», sitúa en «la continuidad entre la actividad cultural de las universidades, de las instituciones sin fines lucrativos y del sector comercial» la clave del éxito frente al dirigismo de los países de la Europa sublime, que subvencionan productos con el afán paternalista de educar a sus poblaciones a las que, sin embargo, consideran capaces de ejercer el voto. Pero estas subvenciones no pueden competir con las masivas exenciones fiscales y los sistemas de fundaciones (que representan el 8.5% del PIB del país) y financiadores «filántropos» del modelo gringo, que se aplican sin necesidad de seguir los criterios de una elite gubernamental, aunque nunca exentos de intereses. Acusa al gobierno francés de «hipocresía» por promocionar, a la vez que lleva estas políticas opresoras en casa, una moción en la ONU, en contra de la que votó Estados Unidos bajo la presión de Hollywood, a favor de la «diversidad de expresiones culturales».

El libro, de 600 páginas, está muy documentado y ofrece datos sólidos e inesperados en Europa, donde los intelectuales y artistas se defienden con un simple antinorteamericanismo carente de autocrítica: dos millones de artistas, tres veces más que policías, figuran en las listas del Ministerio de Trabajo de EEUU; se publican más libros y por más editoriales; hay una biblioteca por cada 2.500 habitantes frente a una por cada 14.586 en Francia; se producen y se ven más películas, &c.

El antinorteamericanismo que sitúa en una Europa mítica la fuente de todos los valores «intelectuales» tiene un hueso duro de roer con estos datos. También el mito de la Cultura, que alienta a tantos «intelectuales y artistas» acomodados en las filas del oficialismo europeo, sufre con este libro un fuerte revés, pues en él se muestra lo heterogéneo que es ese conjunto que Martel llama «actividades culturales», y que no comparten nada más allá de su identificación ideológica con el antiguo Reino de la Gracia, fuera del cual nadie se salva: en Estados Unidos, los productos no prosperan por el hecho de ser «culturales», sino por gustar a la población de a pie. La misma composición de esta población, en la que los hispanos ganan terreno a pasos agigantados, asegura, por tanto, luchas por el futuro del país que van más allá de las estrictamente políticas.


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