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Arrepentirse, un acto vergonzoso. Perdonar, un acto cobarde

Lunes 14 de mayo de 2012

En España el tema del arrepentimiento y el perdón lo han puesto de moda estos días el monarca y los terroristas etarras, aunque los últimos no han tenido que hacer nada para ello: el gobierno les ofrece su “reinserción.” Lo más preocupante es que el partido gobernante, el Partido Popular, que hasta ahora jugaba con la imagen de “duro”, ha claudicado ante los etarras por iniciativa propia en nombre de no se sabe bien qué oscuro funcionalismo.

El monarca, por su parte, echó mano del prestigio del arrepentimiento para pedir perdón por irse a África a cazar elefantes con una princesa alemana mientras España pasaba por varias crisis. Los periodistas y gran parte de la población inmediatamente aceptaron sus palabras: “lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir.”

El problema es que el arrepentimiento no siempre es virtud. Nadie se va a África sin querer y nadie mata a otro por descuido. Ambos son actos voluntarios, y no cabe fingir que quedan borrados con una alocución: “lo siento.” Como decía Espinosa, es “doblemente miserable” matar a alguien y luego pedir perdón, porque ya es tarde para enmendar el acto y más tarde aún para percatarse de que fue un “error” y tratarlo como tal: el asesino busca su propio bien, ya psicológico ya sociológico, en vez de cargar con las consecuencias de su acto. Si un monarca cree que ha cometido un acto impropio de su condición de rey, debe abdicar. No hacerlo sería degradar el cargo y la propia existencia al ocuparlo. Igualmente, si alguien comete un crimen horrendo, uno que supere las mínimas normas que una sociedad dada puede exigir a toda “persona” para convivir con ella, el arrepentimiento “sincero” sólo puede consistir en el suicidio.

Contra esta argumentación, la ideología de la reinserción impera. El concepto de reinserción está presente en las constituciones de muchos países que deploran la pena de muerte o la cadena perpetua y aún en muchas ocasiones busca erigirse en fundamento último de todo el derecho penal. Este concepto, en lo que tiene de “perdón” por parte de la sociedad ante el “arrepentimiento” por parte del reo, es a un tiempo miserable y cobarde. En efecto, tras un asesinato o violación brutales no se puede fingir que el arrepentimiento tenga ningún significado si no va acompañado del suicidio. El carácter de “persona” es social, no divino ni de derecho natural, y es una sociedad dada quien tiene que decidir cuáles son sus enemigos insoportables. Si una persona comete un crimen tan horrendo que lo degrada a persona cero, es ella misma quien pedirá quitarse la vida o el sistema penal tendrá que ayudarle mediante la “eutanasia procesal.”

Lo anterior es especialmente cierto cuando se trata con individuos o bandas que intentan aterrorizar al Estado. La reinserción trata al delincuente como si hubiera estado enajenado en el momento de su crimen. Pero, si un miembro de la banda ETA asesina a una persona por su carácter de español, lo hace desde una plataforma ideológica (locura objetiva) no desde su locura subjetiva. Si un equipo de psicólogos y pedagogos le convencen con argumentos ñoños de que debe arrepentirse y en lo sucesivo ceñirse a “vías democrácticas” para alcanzar sus metas políticas secesionistas, ¿debe valerle eso su libertad como si el acto asesino hubiera sido borrado? Hay quien añade otra condición: para obtener su libertad el reo deberá obtener el perdón de la víctima o sus familiares. Pero el atentado fue contra un individuo sólo en tanto formaba parte de un grupo (ciudadanos españoles), de modo que el perdón de los familiares nunca puede bastar. Y si la sociedad decidiera perdonar, no estaría siendo magnánima sino, cruel y cómplice del terrorismo, en cuanto se dejó aterrorizar.

Curiosamente, el diario etarra Gara recogía no hace mucho la teoría del arrepentimiento del materialismo filosófico copiándola casi literalmente del Diccionario Filosófico escrito por Pelayo García Sierra. Con esto, reivindican que cuando asesinan a alguien lo hacen a sabiendas, no enajenados. Por eso, los que de entre ellos salgan del error y conciban el nivel de la monstruosidad que cometieron no podrán sin más convivir con la atrocidad de su propio pasado, sino que aborrecerán de su propia biografía en tanto ésta les llevó a cometer un crimen que ahora deploran. En ese momento, pedirán al Estado español que les ayude a morir para aliviar el remordimiento constante. No querrán ninguna vía Nanclares, sino enmendar en lo posible su error delatando a sus compañeros y luego quitarse la vida.

Lo contrario, entonar un “mea culpa” y seguir un camino reinsertado, tal vez militando en un partido secesionista legal o legalizado, es puro cinismo vergonzoso. Que el Estado acepte y potencie esta vergüenza es un acto de entrega cobarde en nombre de principios humanitarios que olvidan que no cabe concebir a la persona fuera de la ley y del Estado. Es, por tanto, una claudicación ante las exigencias de los secesionistas.

Para quienes quieran indagar más en estos asuntos, El Revolucionario recomienda estos dos recientes tratamientos complementarios:

Gustavo Bueno, tesela:

Teatro Crítico, mesa redonda:


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