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En lo que parece la “despedida” de Tony Blair
Las últimas noticias de Reino Unido en su faceta "homologable"
Domingo 4 de febrero de 2007, por ER. Bruselas
El número uno del partido cuyo objetivo es la unificación de Irlanda, Gerry Adams, hasta el año pasado comandante del IRA, dijo que él y "altos funcionarios republicanos" habían decidido hace dos meses que el progreso político "requiere un acuerdo policial, así que ha llegado el momento". Adams ha llevado lentamente a su partido a aceptar la validez de la fuerza policial norirlandesa, con la esperanza de reavivar una coalición de gobierno con los Unionistas Democráticos, que representan a la mayoría protestante en Irlanda del Norte.
Esa coalición fue el objetivo central de los acuerdos de paz de 1998, pero ha estado en suspenso desde el 2002 a causa de los conflictos crónicos entre ambas partes. El líder unionista democrático, Ian Paisley, insiste en que no formará un gabinete con el Sinn Fein, el partido católico, a menos que éste abandone su hostilidad tradicional a la policía, predominantemente protestante.
Un proceso de reformas en los últimos cinco años ha aumentado el número de católicos en la fuerza policial de apenas 8% a 20%, pero la policía aún no puede operar normalmente en zonas controladas por el Sinn Fein.
No obstante ser una decisión histórica, con ella el Sinn Fein da cumplimiento a lo que fue estipulado el 13 de octubre de 2006 por los gobiernos británico e irlandés en el Acuerdo de Saint Andrews, en el que se fijó la fecha para restaurar la autonomía de la Provincia en el 26 de marzo de 2007. Antes de producirse dicha autonomía el Sinn Fein debía aceptar la autoridad de la Policía y la Justicia norirlandesas, así como el Partido Unionista (DUP), representante de los partidarios de la unión con Gran Bretaña, admitir la candidatura del número dos del Sinn Fein, Martín McGuiness, como viceministro principal del futuro Ejecutivo. Lo primero está conseguido, pero ahora falta lo segundo, porque los unionistas no parecen estar tan dispuestos a cumplir con los plazos de Saint Andrews.
Vemos cómo, de esta forma, los republicanos independentistas admiten una conceptualización probritánica de lo que desde el punto de vista de una guerra de guerrillas nacionalista irlandesa debería ser el ejército enemigo, y no la “policía”, institución ligada al “medio interno” de una sociedad política.
Probablemente la estrategia del Sinn Fein, más que deberse a la expresión de un “ansia subjetiva de paz”, se explique por las posibilidades que brinda la “democracia homologada” en una sociedad de mercado, sobre todo en el contexto en el que la superabundancia democrática está abriendo el camino a la oferta de los partidos secesionistas en el seno del mismo otrora poderoso imperio británico que el IRA combatía y que hoy se ve amenazado ya no por una nación política vecina sino por las mismas naciones étnicas que parecían constituirlo sólidamente. El florecimiento del nacionalismo galés y escocés es un hecho al que Blair ha tenido que hacer frente. Mismamente la celebración del tricentenario de la unión de Escocia e Inglaterra, el 16 de enero, con la que nació Gran Bretaña, pasó este año con más pena que gloria debido al auge del Partido Nacionalista Escocés (SNP) en cuyo programa figura la celebración de un referéndum de independencia. Una encuesta aparecida en el diario “The Scotsman” hace un par de meses daba el resultado de un 51% de escoceses a favor de la independencia, frente al 39% que apostaba por los vínculos con los ingleses. Otro sondeo más reciente, de mediados de enero, aparecido en el “Sunday Times”, aseguraba que el 54% apoyaría la secesión si ello no significara subidas de impuestos ni recortes en los servicios públicos.
Es lo que tienen las “democracias de mercado pletórico”, las sociedades de la libertad, en las que se ha ido fraguando una ideología del “Estado al servicio de los ciudadanos” capaz de llevarlas a su propia disolución en beneficio de otras “democracias” más fuertes, o sea, que ofrezcan más bienes y servicios a individuos que “todo lo tragan” literalmente.
Tragar y tolerar, por cierto, son operaciones emparentadas, y para que el consumidor y usuario esté satisfecho hay que reponer constantemente los bienes, aunque estos sean personales, como en el caso de un candidato al gobierno de un país. Para ello, un escándalo político es la mejor campaña de marketing con la que justificar que un nuevo candidato “refresque” el gusto estragado del votante, intolerante a repetir campaña tras campaña.
No otra cosa nos parece el llamado “escándalo” de los títulos nobiliarios, por el que se acusa a Tony Blair de haber consentido la financiación del partido por el método ilegal de vender títulos nobiliarios. Lo cierto es que si la nobleza de sangre es un mito del Antiguo Régimen que ya fue destruido por la política moderna, especialmente con el glorioso ejemplo de los Reyes Católicos y su tratamiento de las finanzas estatales gracias al lobby judío, ¿no es acaso un homenaje al racionalismo del Estado el que Blair venda títulos gracias a Lord Levy, su recaudador de fondos y amigo personal? Dicen que la sospecha de que los laboristas hayan obstruido la investigación sobre el caso debilita a Blair, que confía en que Scotland Yard, que lleva diez meses investigando, acabe su trabajo en un par de semanas. Mientras tanto, Blair, como buen profesional que sabe que su tiempo de político activo tiene “fecha de caducidad”, dice a sus electores: “Tendréis que aguantarme un poco más”.