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De la epopeya de Ruedo ibérico

La carta de José Martínez

Albert Forment documenta en formidable trabajo la vida del gran editor anarquista y marxista español.

Lunes 31 de marzo de 2014, por Caja de resonancia

Pero para José Martínez, que ya es un analista de la realidad política implacable, moral y política son cuestiones distintas.

Comentario del Director.

En viaje reciente a Caracas Venezuela, hemos podido hacernos de la fantástica edición que, en 2000, Anagrama España ha hecho del trabajo de Albert Forment sobre el emblemático editor y eterno exiliado español José Martínez, y que ofreció al público bajo el título de José Martínez: la epopeya de Ruedo ibérico.

Es muy seguro que, para los lectores hispanoamericanos, el nombre de José Martínez no diga nada en absoluto. Pero basta con adentrarse un poco en la historia contemporánea española, y muy particularmente en la del exilio anarquista o marxista de los sesenta y los setenta, sobre todo la que se instala en París, para que la figura de Martínez y su proyecto editorial de Ruedo ibérico aparezca como referencia indiscutible.

De su lectura, hemos extraído la siguiente referencia de Forment, relativa a un intercambio epistolar entre Martínez y Francisco Carrasquer, en donde se aprecian algunos rasgos del proceso de maduración intelectual de Martínez, en el tránsito del anarquismo al realismo político materialista.

Gregorio Pimentel.

[En la foto: el también legendario Carlos Barral, Juan Grijalbo y José Martínez, en la Feria Internacional del libro de Frankfurt. Septiembre de 1976.]


Poco después, en enero de 1957, Francisco Carrasquer le envió desde Amsterdam un manifiesto político-filosófico, redactado por él mismo, con la desatinada intención de proporcionar a su amigo “una plataforma ideológica (digamos) sobre la que puedes forjar tu carrera política. Tú puedes ser un profesional de la política”. Tras leerlo atentamente, un mes después, en febrero de 1957, llegó la acre contestación de José Martínez, una extensísima carta de 13 apretados folios. Es el primer y sorprendente testimonio del José Martínez maduro, porque en él ya no encontramos a un anarquista ortodoxo, papel que representa, en este intenso diálogo epistolar, su amigo Carrasquer, sino más bien a un anarcomarxista, a un intelectual libertario que utiliza categorías y análisis marxistas con desparpajo, y, lo que es más, se muestra comprensivo con muchas de las más polémicas decisiones políticas de los Estados comunistas. En dicho texto José Martínez demuestra que su cultura política e histórica es notable, más aún, sobresaliente: domina al detalle la historia griega y romana, la del socialismo, la de la revolución francesa y rusa, y las utiliza con agudeza e inteligencia para apoyar sus tesis. Asimismo ha leído, comprendido y asimilado las lecciones de los clásicos de la ciencia política: Maquiavelo, Karl Marx, Max Weber, y establece análisis certeros, profundos, penetrantes, tanto en el plano económico como en el sociológico y, desde luego, en el político. Esta carta es importante porque nos desvela de repente a un José Martínez ya definitivo, es decir, a un intelectual anarcomarxista revolucionario de extraordinaria cultura obsesionado por la situación político-social española. ¿Cuáles son los motivos o las razones que le impulsaron a esta evolución? Aunque nos faltan datos para establecer una cronología firme de los años en los que parece que se consuma su mutación política, parece evidente que sus estudios de Ciencias Políticas o Sociología en la Sorbona, y desde luego la impronta de su maestro Pierre Vilar, mucho más que las discusiones teóricas con otros miembros del exilio, forzaron la progresión de su pensamiento. Pero también podemos vislumbrar la huella, por ejemplo, de Jean-Paul Sartre y sus tomas de posición política que a menudo sigue.

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El primer punto que José Martínez critica del manifiesto de Carrasquer es que su proyecto es esencialmente moral. En la tradición anarquista, en efecto, el capitalismo debe ser derrocado por una revolución popular a causa de su implícita maldad moral. Pero para José Martínez, que ya es un analista de la realidad política implacable, moral y política son cuestiones distintas. No menos rupturista es su visión de otro tótem ideológico de izquierdas, el pueblo: “Idealización del pueblo y por eso no precisas. Si precisaras adiós idealización. Porque el pueblo no es necesariamente revolucionario. Ni entiende mucho de justicia. Ni es portador necesariamente de verdad política (…) Hitler fue popular”. Más adelante, y en cuanto revolucionario irredento, José Martínez valorará la necesidad política de la violencia, primero como herramienta indispensable para la revolución, y después, y ya en el plano teórico, porque cree que ha sido un indudable factor de progreso social: “Baja un poco a la realidad. La violencia es la única forma de lucha contra el medio adverso. (…) No creo que sea necesario demostrar que la violencia fue el origen de la sociedad que nos hizo hombres y nos hizo numerosos, ni que le explotación del hombre por el hombre fue el primer paso para desterrar el hambre”. Igual de desprejuiciada es su visión del comunismo y de los comunistas: “Sigues sin comprender al militante comunista ni al jefe que lo dirige. Cinismos… Qué poca precisión tiene tu vocabulario. No creo que haya que culpar del rompimiento de la palabra al que la dio sino al que la exigió.” Hasta su análisis de la revolución rusa y de la URSS parece más el de un marxista heterodoxo o crítico que el de un anarquista: “Creo que es inútil que te discuta tu punto de vista respecto a la legitimidad revolucionaria de salvar una revolución contra el pueblo. En tu afirmación hay además de eso vago de pueblo, aquello de que la revolución se hace para el pueblo. Lo cierto es que se hace con un pueblo y en un pueblo. Pero aunque se hiciera para un pueblo qué es lo que cambiaría la cosa. Nadie me hará creer que los millones de rusos son hoy más desgraciados de lo que lo eran con el padrecito zar. Difícilmente se me podrá demostrar –prueba a hacerlo- que la revolución hecha de otra manera hubiera podido dar más en menos tiempo a los rusos en general, si consideramos a la URSS colocada donde está y no en un mundo vacío de otras potencias, de otras sociedades. Lo importante para mí en este terreno es saber si la revolución rusa que ha conservado indudablemente varias clases sociales ha creado otra nueva que monopoliza el poder y organiza los negocios rusos en su propio y exclusivo provecho como lo hizo en Francia y en Inglaterra la burguesía”. Si bien José Martínez no defiende expresamente la revolución rusa, intenta comprenderla y explicarla en su contexto histórico a partir de análisis de estricta necesidad política: “La revolución rusa se ha disfrazado de lo que ha podido. Yo concedo a los dirigentes de esa gran empresa el suficiente buen gusto para haber optado en cada momento por el menos malo de los peores caminos, los únicos, que la historia les ofrecía”.


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