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Entrevista de Leonardo Sciascia con Marcelle Padovani, de 1979.

La mafia como burguesía

Dos mafias no pueden coexistir en el mismo país con carácter duradero.

Domingo 16 de marzo de 2014, por Caja de resonancia

Esta burguesía mafiosa obedece a otras reglas que no son, tampoco, las de la burguesía clásica, pues el poder mafioso no es hereditario.

Señal y noticia. ER.

En estos tiempos en que la figura del super-periodista se nos aparece no tanto ya ni quizá más nunca como el intelectual, sino más bien como el héroe moderno: singular especie de super-hombre nietzscheano disfrazado de John Reed o de Ernest Hemingway o de Curzio Malaparte del siglo XXI, custodiado las 24 horas del día por una escolta entrenada en Israel por su osadía y temeridad, habiéndose infiltrado en las peores fontanerías del poder político, económico o mafioso a escala internacional -como Roberto Saviano- para ofrecernos, así, luego, best-sellers periodísticos con la verdad más dura y cruel sobre el narcotráfico, el mundo de las finanzas, la historia de los servicios secretos x, y o z, o sobre el tráfico de armas o sobre la vida íntima de Putin o de Fidel; un super-periodista que deja sin palabras al académico aburrido y ultra-especializado (que se cree, ese sí, intelectual), y que pareciera que no sabe nada de política real y efectiva, y que se escandaliza como señorito burgués con la burocracia, o que es incapaz de entender -porque, en efecto, no sabe nada de política real- la lógica operativa detrás de una estrategia ofensiva de prolongada movilización de masas como dispositivo instrumental de estabilidad/desestabilización político-social situado en el plano policial del Estado -nunca en el militar-, por el populismo o por la “ausencia de instituciones” pero que lo sabe todo sobre el policy making, la ética pública, la rendición de cuentas, la transparencia, la democracia deliberativa (menos hedionda que la participativa o popular) o sobre el último paper del último journal con la revisión de literatura sobre la última teoría norteamericana de la democracia y la sociedad civil; en tiempos, digámoslo una vez más, en donde se pelean todos estos por desvelar lo evidente, la entrevista con Leonardo Sciascia sobre la mafia italiana que aquí presentamos, realizada a finales de la década de los 70 del siglo XX -¡hace ya cuarenta años!- por Marcell Padovani, se abre camino con una elegancia y sobriedad sorprendentes, presentándonos a un autor literario, a un narrador modesto pero genial, provinciano al tiempo que profundamente europeo y universal y amante de Stendhal y Pirandello como Sciascia, que sin títulos de doctorado, ni custodias ni papers ni aspavientos, explica con penetración deslumbrante en reposada conversación le mecánica interna del poder del estado italiano de posguerra, trabado en función de dos bloques históricos: la Democracia Cristiana y la mafia. Cualquier teoría sobre la transparencia, la democracia, la ética pública o las public policy palidece con ridícula estupidez meridiana ante la claridad sobria con que Sciasica explica, sencillamente, la veritá effettuale delle cose.

La vigencia de lo que le dice Sciascia aquí a Padovani, hace ya cuarenta años, es total y palabra por palabra. Non c’è niente di nuovo sotto il sole, caro amico Saviano, le habría dicho Sciasica al nuevo rock star italiano del periodismo nietzscheano, de vivir todavía.

Considerándola imprescindible, hemos transcrito para El Revolucionario una parte (la segunda) de la entrevista, original de 1979, que el Fondo de Cultura Económica de México editó en 1991 bajo el título –elocuente como el que más- de Leonardo Sciascia: Sicilia como metáfora. Conversaciones con Marcelle Padovani.

Gregorio Pimentel. Director. El Revolucionario.


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Marcelle Padovani (MP): ¿Cuál es la labor de la mafia? Recaba votos para las elecciones. Asesina según estrictos intereses de clan (intereses económicos e intereses de poder). Impera sobre la subcontratación pública. Aunque por un lado parece que “protege” a la población, por el otro, le merma sus recursos, extrayendo porcentajes y diezmos allí donde haya una fuente de beneficio. Aunque algunos conserven una imagen romántica de ella, muy de fines del siglo XIX, también organiza las principales redes de droga en el mundo así como el tráfico de diamantes. Es como una llaga incurable en la realidad siciliana y aun italiana. Los partidos de izquierda y el movimiento sindical han pagado un alto tributo en muertos para destruir el poder mafioso. Gracias a la Reforma Agraria que siguió a las luchas campesinas y a las ocupaciones de tierras, los partidos y los sindicatos de izquierda consiguieron alejarla del campo, donde dominaba, e introducir de manera más general una “nueva moralidad” en el país. Pero la mafia no ha muerto todavía, aun cuando en la actualidad esté tan desconcertada que tenga grandes dificultades para adjudicarse un jefe. ¿Cuál es en su opinión la evolución de la mafia? ¿Por qué nació en la Sicilia occidental? ¿Cómo se fue ramificando después? ¿Qué es lo que ha cambiado desde hace veinte años en las relaciones de la mafia con la población, con el poder, con los partidos políticos? ¿Por qué la democracia cristiana se ha servido, y sin duda todavía se sirve, de la mafia? El que haya pasado del campo a la ciudad y después de la especulación inmobiliaria al tráfico de drogas, ¿no revela también las dificultades que tiene la mafia? ¿Por qué parece haber una cierta ambigüedad en el ánimo de los sicilianos frente a esta asociación de criminales de derecho común?

Leonardo Sciascia (LS): Mi recuerdo más remoto de la mafia se remonta a los grandes procesos penales que abrió Mori, jefe de policía, en 1927-1928-1929, contra el fenómeno mafioso que hacía estragos en Sicilia. Oí hablar entonces de detenciones de mafiosi, de personajes notables encarcelados en los calabozos del reino porque se habían descubierto que estaban vinculados a la onorata societá. Racalmuto poseía una mafia relativamente fuerte –una cincuentena de personas- y ya ni se contaban las muertes violentas porque las había prácticamente todos los días. Los órganos de la represión no eran menos consecuentes: ochenta carabineros y una delegación de la Pubblica sicurezza (agentes de policía) para una población de trece mil habitantes, la cual en la actualidad goza únicamente de diez carabineros. La represión que Mori llevó a cabo fue tan fuerte y estuvo tan bien organizada que durante años no se hablaba sino de detenciones. ¿Había decidido el fascismo extirpar la mafia de la isla y después de toda Italia? Hoy en día algunos siguen negando que el fascismo haya emprendido esta batalla, pero no los entiendo, pues si el fascismo optó en un principio por la represión antimafiosa, es por la comprensible razón de que dos mafias no pueden coexistir en el mismo país con carácter duradero.

El antiguo alcalde de Racalmuto también fue detenido y hay que dejar constancia de que con el consentimiento general, pues todo el pueblo, aunque no lo dijera abiertamente, estaba de acuerdo en que estas medidas de orden público eran necesarias. Daban la impresión de una gran limpieza. Por lo demás, la mafia fue tan bien extirpada que, en adelante, no tuvimos el “honor” de ver la sombra de un mafioso en Racalmuto. Pero quiero agregar de inmediato que se trata de un caso particular.

No obstante, el fenómeno de la mafia en su verdadera naturaleza, en su acepción profunda, yo no lo palpé sino hasta la postguerra, cuando los norteamericanos, que acababan de desembarcar en Sicilia, se organizaron para llevar a cabo una pura y simple operación de reunificación de la mafia, la cual había escogido, como es natural, el campo antifascista en el momento oportuno y, ante la perspectiva de una victoria aliada, había mostrado un pedigree político satisfactorio. Parece, pues, que los norteamericanos llegaron a nuestras costas con listas de personas de confianza en los bolsillos –sorprendentemente casi todas ellas mafiosas- a las que se asignaron de inmediato puestos de responsabilidad. Fue así como una buena parte de los alcaldes de la Sicilia occidental acabó asociada oficialmente a la mafia. El que era considerado su jefe supremo, don Calogero Vizzini, al que llamaban don Caló, fue nombrado alcalde de Villalba. Y lo mismo desde la más pequeña hasta la más grande de las aldeas. Hoy sabemos que los servicios secretos norteamericanos se valieron de la mafia de los Estados Unidos, de origen siciliano, para organizar el desembarco en Sicilia.

Pero quisiera detenerme en un ejemplo que yo considero particularmente significativo, el del sargento Dickey. En tanto que agente de la CID (Criminal Investigatiosn Division), Dickey detiene en Sicilia al famoso jefe mafioso Vito Genovese, “hombre punta de la malavita, tanto en tiempos de Mussolini como con la administración del gobierno militar aliado”, como se dijo. El intrépido sargento Dickey logró pues atrapar a Genovese, a quien se buscaba en Estados Unidos por homicidio, y en el momento de la captura, encuentra a Genovese provisto de un cierto número de credenciales firmadas por oficiales del GMA (Gobierno Militar Aliado), quienes afirman con frialdad que el boss mafioso es “profundamente honesto”, que “denunció numerosos casos de corrupción y de mercado negro que eran obra del personal denominado ‘de confianza’”, y que es, además, “digno de confianza, leal y de una gran seguridad para el servicio”, etc. Las desdichas de Dickey acaban de empezar, pues nadie en Italia ni fuera de Italia quiere asumir la responsabilidad de un arresto de este tipo. Durante seis meses, Dickey trata de informar al célebre coronel norteamericano Poletti -¡que tanto hizo por Sicilia!- y nunca lo consigue.

Dos veces lo descubre en su despacho, desafortunadamente, tirado entre mujeres y botellas vacías. Cuando después de haber estado meses tras él, Dickey logra hacer comparecer a Genovese ante un tribunal norteamericano, tiene la mala suerte de que el testigo de cargo, que estaba encerrado en una cárcel estatal, muera envenenado. Se ignora todavía quién fue el autor del crimen. Pero en todo caso, ya no había nadie que pudiera probar la culpabilidad de Vito Genovese, quien por tanto fue absuelto y más adelante sirvió de modelo al Padrino.

La administración militar aliada en efecto llevó a cabo una restauración y una revaluación de la mafia siciliana. Se puede pensar que se trata de un fenómeno completamente aberrante, salvo si se tiene en cuenta que la mafia había sido durante mucho tiempo separatista en el plano político y se había convencido de que los Estados Unidos querían hacer de Sicilia “la cuadragésimonovena estrella” de la bandera norteamericana (no fue sino más tarde cuando la mafia se dedicó a apoyar a los partidos nacionales italianos, a partir de que comprendió que los Estados Unidos no tenían ni ganas ni interés de hacer de Sicilia una entidad autónoma que mantuviera vínculos de privilegio con América del Norte). Así fue como la mafia pasó del protectorado norteamericano al protectorado democristiano. Pues la mafia está siempre por definición del lado del poder. En este contexto se ubica la historia de Salvatore Giuliano, bandido siciliano de camino real antes de convertirse en instrumento de la mafia y de la Democracia Cristiana, y que fue utilizado por estos dos poderes mientras resultó utilizable. La mafia ha tenido siempre con el bandidaje una relación de estricta conveniencia. Lo sostiene mientras saca de él algún provecho, pero si este apoyo puede llevar a una ruptura con el Estado, entonces la mafia se alía con el Estado para eliminar a los que están fuera de la ley. La historia de Salvatore Giuliano, quien masacró a los trabajadores el primero de mayo de 1948 en Porgella-della-Ginestra (Sicilia), marca el punto de conveniencia máximo del bandidaje con la mafia, a la que, en este caso, la democracia cristiana le había encomendado que asestara un golpe a los partidos de izquierda porque consideraba que tenían demasiada fuerza. Después de este episodio sangriento (once muertos), la mafia fue tomando cada vez más distancia con Salvatore Giuliano, quien no cabe duda se había sobrepasado. Por lo demás, la mafia había encontrado otros medios, otros métodos, otros hombres, que no implicaban ya forzosamente la utilización sistemática de la violencia. ¿No se acababa de proclamar la autonomía regional y, con ella, la perspectiva de jugosos beneficios en relación con la gestión del tesoro público por los autóctonos y con las “reparaciones” que el Estado italiano reconocía que había que llevar a cabo en la isla? De estas “reparaciones” nacieron no sólo la promoción de las actividades de la mafia sino también la industrialización bárbara de Sicilia, con la construcción de esas “catedrales en el desierto” que son las fábricas cuando no se benefician de un tejido económico y social adecuado, y la especulación inmobiliaria para terminar.

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Sicilia podía beneficiarse de un tipo de desarrollo basado en la agricultura y el turismo; pero se escogió una segunda vía, la de la industrialización a ultranza, que no resolvió nada porque empleó únicamente a una pequeña cantidad de mano de obra y desequilibró zonas enteras de la isla, sembrando por donde quiera que pasara el desorden y la contaminación. La mafia se insertó de manera completamente natural en el proceso de desarrollo industrial, convirtiéndose de nuevo en empresario, gestor, revendedor, intermediario y agente de reclutamiento. Y en cada una de estas nuevas actividades tuvo la habilidad de extraer diezmos, impuestos y porcentajes, acabando por constituir una clase en sí y por justificar la tesis de Hobsbawm: la mafia –él dice- es “una especie de burguesía”, representa incluso la única burguesía posible en Sicilia. La única diferencia entre esta burguesía y una burguesía de tipo europeo, por así decirlo, es que la mafia lleva a cabo una explotación llamada a rapina, desencadenada, salvaje, como la que se ejercía antaño en las azufreras. Con la intención de sacar el máximo beneficio y en los plazos más breves posibles, sin preocupación alguna por los problemas de seguridad del personal, como la necesidad de construir trabes y contrafuertes en la mina, y sin siquiera preocuparse de programar sus propios beneficios. Es la lógica del “todo y ya”, perjudicial tanto para la salud de los trabajadores como para el porvenir de las empresas.

Esta burguesía mafiosa obedece a otras reglas que no son, tampoco, las de la burguesía clásica, pues el poder mafioso no es hereditario. No se nace mafioso, uno se vuelve mafioso. Cuando se es hijo de mafioso, no se recibe ningún imperio en herencia, hay que conquistarlo. Y es así que el poder del más poderoso de los mafiosos se puede trastocar de la noche a la mañana por la irrupción de capas nuevas, la llegada al mercado de miembros recientes que cuestionan aquello que consideran una institución, y es lo más normal, pues el hecho de poseer las más fastuosas riquezas no vuelve legítimo un poder basado en la violencia, la violación de la ley y el abuso generalizado. ¿Quién podría asombrarse de que una violencia más joven o más carente de prejuicios, llegar a trastocar una violencia establecida desde hace mucho tiempo, y que las batallas intestinas y los conflictos de generaciones llenen las páginas de los periódicos de hechos diversos a la vez que ensangrentan las banquetas de la buena ciudad de Palermo? De esta terrible lógica de los jóvenes contra los viejos nace la precariedad y la incertidumbre del poder conquistado por el mafioso; de modo similar a Sísifo, aquél tiene que reconquistar eternamente su lugar por muy modesto que éste sea; para él nunca hay nada adquirido definitivamente y tendrá que luchar hasta el final por el poder, es decir, en el lenguaje de la mafia, por la vida.

¿Dónde se organiza este poder mafioso? En las cárceles. Las cárceles son las universidades de los mafiosos, en especial la de Ucciardone en Palermo, desde donde a veces los boss siguen dirigiendo sus asuntos, políticos o comerciales. En mi obra de teatro I mafiosi, quise mostrar cómo había sido posible que la mafia, que ya era fuerte en el Estado borbónico, hubiera encontrado en el Estado italiano el mejor estímulo para su desarrollo, sobre todo gracias al aparato electoral. Se puede concebir así, a contrario, por qué le resultó fácil al fascismo, al menos en una primera etapa, entrar en guerra con la mafia; al no tolerar el régimen las elecciones libres, el poder político no necesitaba a la mafia para organizar, si era necesario mediante la violencia, el consenso electoral. Se entiende también por qué la democracia proporciona un terreno favorable a la mafia. Es muy triste, pero es así: democracia y desarrollo económico son las vigas maestras de la mafia…

Esta mafia ligada para siempre al hecho de que la democracia se organice y de que el dinero circule. Cuando la agricultura deja de garantizar un ingreso decente, la mafia en tanto que fenómeno rural tiende de inmediato a declinar y el mafioso agrícola a desaparecer en los campos. Ya no se oye hablar de él. Este viejo mafioso patriarcal hacía un poco el oficio de juez de paz, resolvía con una especie de buen sentido innato los litigios más complejos y vivía una especie de sacerdocio laico en el seno de cada pueblo. No tenía otra riqueza que las tierras de las que se había apropiado mediante la violencia ejercida exclusivamente sobre los más ricos que él, lo cual no le volvía forzosamente antipático a los ojos de todos. Tenía un método infalible para con los ricos: hacía que se endeudaran hasta el cuello y después los obligaba a vender a bajo precio. Encontramos el prototipo de ello en El gatopardo, en el personaje llamado Sedara (es decir, el padre de Angélica). El mafioso rural había trepado simplemente la escala social porque de arrendatario había llegado a propietario, un propietario que ejercía a su vez derechos de naturaleza feudal sobre sus empleados. El campesino que trabajaba sus tierras tenía que esforzarse más y pedir menos que otros, contentarse en general con que se le pagara con servicios y ser objeto de numerosas molestias y maltratos. Para este campesino, la única diferencia entre el barón “latifundista”, que era dueño de la tierra, y el mafioso, que la explotaba antes de adueñarse de ella, consistía en que este último, en vez de ir a gastar el dinero a Palermo, vivía en su tierra, sudaba en su tierra y acababa por merecer el poco bienestar que se había ganado.

Este tipo de mafioso ha desaparecido con la migración a las ciudades. A partir de los años cincuenta, las poblaciones pequeñas empiezan a despoblarse, poco a poco las tierras van siendo abandonadas (además han resultado cada vez más improductivas), y entonces las ciudades entran en apogeo, se construyen fábricas, oficinas, viviendas y circulan grandes cantidades de dinero. La mafia vuelve a ser lo suficientemente hábil para llevar a cabo la gran mutación del siglo. Abandona las fuentes de riqueza de origen bucólico y se convierte en empresario de obras públicas, maestro de obras en el edificio o constructor inmobiliario.

Transplanta a la ciudad un sistema de gobierno idéntico al que practicaba en el campo: la mejor explotación posible del trabajo de los demás; una excelente organización; la práctica generalizada del porcentaje que se descuenta de antemano tanto del departamento que se va a construir, del puente cuya construcción se va a iniciar como de las oficinas que una determinada empresa va a inaugurar. El militarismo como método de mando; la violencia como ley. Si para finalizar agregamos que la mafia ha establecido vínculos tales con el poder político, en especial con el demócrata cristiano, que estos vínculos le permiten la impunidad en caso de transgresión explícita de las normas… Que si un empresario honesto quiere obtener un permiso de construcción en uno u otro lugar, tiene pocas oportunidades de ver realizado su deseo… en tanto que el mafioso obtiene todo lo que desea y transgrede alegremente la ley: construye doce pisos de altura en lugar de seis, pero nunca se le ocurrirá a nadie, ni siquiera a los expertos del catastro, atreverse a decir que el inmueble del mafioso es más alto de lo que la ley permite. Esto puede que parezca completamente surrealista. La verdad es que la mafia mantiene con el Palazzo (el poder), o bien una relación de corrupción pura y simple a base de dinero, o bien una relación de tipo electoral que confiere a los demócrata-cristianos la seguridad de que obtendrán el mayor número posible de votos. Sumamente responsable de la extorsión electoral, la mafia se encarga tanto de reunir a los “clientes” el día de la consulta como de presionarlos mediante el miedo, la violencia, la corrupción y los pequeños favores. No hay por qué creer que la organización “clientelista” de la mafia es únicamente prevaricación y abuso; la mafia no descuida para nada los mecanismos del interés, sino todo lo contrario. ¿Qué hay más interesado que la promesa del posto, del puesto, cando alguien está desempleado? ¿O las facilidades que se ofrecen, las que una burocracia normal tendría que garantizar a todos los ciudadanos, pero que en Sicilia tienen el cariz de un favor muy especial? Por ejemplo, la obtención rápida de un certificado (de nacimiento, de muerte, de matrimonio, de propiedad, de salud). En Sicilia es casi imposible obtenerlos sin la intervención de algún intermediario, es decir, de un mafioso capaz de recaer con todo su peso en los empleados de los servicios administrativos. ¿Qué pedirá a cambio del servicio prestado? Algo módico, la boleta de voto en favor de la Democracia Cristiana. ¿Por qué tendría uno que negarse? ¿No le han sacado de un apuro?

En Sicilia hay un hambre tal de posti, de puestos públicos, hay tantos desempleados y tan pocos lugares de trabajo que el poder mafioso está lejos de desaparecer. Tanto más cuanto que nadie cree, con toda razón, que los concursos se desarrollen normalmente y que sean los mejores los que ganan los puestos. Así pues, supongamos que la víspera de una consulta electoral, el municipio publica un anuncio de concurso para cien plazas en la administración de la ciudad de Palermo. Habrá, sin duda, unos diez mil aspirantes, diez mil desempleados que quieren trabajo, lo cual quiere decir diez mil familias con su red de parentesco extendido, o sea, ochenta mil personas como mínimo. El mafioso interviene, promete puestos a todo el mundo, se desenvuelve como un intermediario eficaz, cortés, de trato agradable. Llegados a este punto, se me podría decir: “De acuerdo, el mafioso promete puestos, pero no está a su alcance el cumplimiento de sus promesas y su credibilidad se irá desinflando como un globo”. Y así sería si las cien plazas que se ofrecieron desde el comienzo no estuvieran en definitiva atribuidas verdaderamente a desempleados protegidos por la mafia; pero lo están; cien hombre en paro de repente dejan de estarlo, se trata de personas que uno conoce, que forman parte del vecindario, de las que nadie ignora que estaban recomendadas. Quién puede sorprenderse entonces de que en las elecciones, este conjunto de redes familiares vote, en todo o en parte, por el partido que aconsejan los mafiosos, o sea, por la Democracia Cristiana.

No olvidemos tampoco los pasos para conseguir un puesto en un banco o un permiso para llevar armas, una licencia para abrir una tienda (o un simple puesto de flores) o para conseguir la administración de una gasolinera, tareas todas ellas ante las que un ciudadano, en su calidad de simple ciudadano, se siente naturalmente desamparado. La mediación de la mafia llega entonces en el momento preciso para ahorrarle las peores molestias. El padre de Pompeo Colajanni sostenía incluso que todo ciudadano siciliano, en uno u otro momento de su vida, por motivos más o menos importantes, acaba por tener necesidad de la mafia. Además se ponía a él mismo como ejemplo. De joven, se había enamorado de la hija de un barón, quien no quería ni oír hablar de ese abogadito sin experiencia y que, para deshacerse de él, le puso sobre los talones a un campiere o vigilante de tierras, que se dispuso a seguirlo día y noche. Este campiere, para cumplir mejor su labor, se fue del campo y se instaló en Enna con el fin de vigilar de cerca al abogado Colajanni. ¿Qué hacer?, se preguntaba el joven. No le quedaba sino una solución: ir a ver al capomafia de Enna, contarle la injusta persecución de la que era objeto y el obstáculo que constituía a su amor. Y así lo hizo. El jefe mafioso le dijo: “Hoy es miércoles, mañana jueves, pasado mañana viernes, después viene el sábado que precede al domingo; dejaremos pasar a este campiere su último domingo en la ciudad. Pero el lunes, tendrá tantas cosas que hacer en el campo que me sorprendería que usted lo volviera a ver en Enna”. Y las cosas pasaron tal como estaba previsto. El lunes, el abogado Colajanni ya no encontró la sombra fiel que le esperaba siempre en la esquina. Por fin pudo llevar sus amores a su manera… y casarse con la hija del barón Castagna.

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Yo también he conocido directamente a mafiosos. Entrevisté a Genco Russo, a quien se consideraba, después de don Caló, el jefe de la mafia siciliana. Este hombre logró explicarme lo que es la mafia siciliana. Para empezar el juego, me dijo: “La palabra ‘mafia’, no debemos ni siquiera pronunciarla. Hablemos más bien de amistad. Usted ha venido a preguntarme, tomémonos antes un café juntos. Si yo a mi vez fuera a verlo a su pueblo, usted también me ofrecería un café. Así nace la amistad”. Genco Russo era agricultor en Mussomeli, en la provincia de Caltanissetta. Un personaje con gran sabiduría, de un pesimismo feroz en cuanto a la naturaleza humana, un sentimiento muy extendido en los mafiosos. La visión del mundo del mafioso en efecto coincide a la perfección con la de un Francesco Guicciardini o un La Rochefoucauld. Genco Russo hablaba un lenguaje muy gráfico, lleno de lítotes y de colores, se sentía que participaba de una cierta cultura, de una cierta concepción de la vida, de una serie de valores. Hablando con él fue como me di cuenta de cuán grande había sido el error de los partidos de izquierda en su lucha contra la mafia: no habían sabido emprender una verdadera revolución cultural, sustituir una cultura, que actuaba sobre un cierto número de cánones morales, por otra cultura, con otros cánones.

Los partidos de izquierda acabaron por hacer creer que se puede ser socialista o comunista sin llevar a cabo una ruptura fundamental con la visión del mundo de la mafia y su cultura. En un pueblo evolucionado como lo es Bagheria, sucedió que el secretario del Partido Socialista fue capaz de cometer uno de los llamados “delitos de honor”. Este hombre tenía una hija, viuda, que tenía relaciones sexuales con un muchacho más joven que ella y por esta simple razón el responsable socialista mató al muchacho. Hace apenas tres años. En Piazza Armerina, diez años antes, fue un miembro del Partido Comunista el que mató al amante de su hija. Por las mismas turbias razones de honor.

No obstante, en la actualidad, la ruptura con la cultura de la mafia está en vías de llevarse a cabo por razones que Pier-Paolo Pasolini denominaba “hedonistas”. Todos nosotros, mafiosos o no, ahora queremos gozar dela vida; el cine y la televisión ofrecen modelos e existencia homologadores que son mucho más libres y más “consumistas” que en otro tiempo. El joven mafioso, lo mismo que todo el mundo, tiene unas ganas locas de vivir su vida, sin cansarse demasiado y gozando del máximo bienestar posible. Es por esto que se realiza la ruptura con los “papas” de la mafia y no, desafortunadamente, en nombre de una nueva cultura, de una nueva concepción de la vida, sino, antes bien, en nombre de una existencia más fácil, más agradable, más desligada de preocupaciones materiales, en suma, más al día. La cultura mafiosa cede así el lugar a una no-cultura que lo único que pide es vivir sin trabas.

Esta es una de las razones que explican la ambigüedad, aun en el momento actual, de los sicilianos frente a la mafia. Porque la mafia sigue queriendo decir antiguo modelo de vida, generalmente basado en el trabajo y el esfuerzo, fuera del cual la existencia acaba por perder todo sentido. La mafia de nuestro tiempo ha tenido que hacerse más subterránea, más invisible, más “orden público” que en otras épocas. En una ciudad como Palermo, es claro que la mafia se ha visto llevada a actuar cada vez más como subpolicía que como modelo cultural. Palermo se ha convertido así en una ciudad muy tranquila si se la compara con otras ciudades italianas, Catania o Nápoles por ejemplo, donde la malavita es muy poderosa; aquí contamos con algunos robos, pero son castigados con severidad; aquí puede suceder que el ladrón de poca monta sea “ajusticiado” a sangre fría, es decir, asesinado por haber perturbado el orden público, y no es la policía sino la mafia la que lleva a cabo esta “limpieza”, pues tiene necesidad de tranquilidad para llevar a buen término sus voluminosos negocios comerciales y no es capaz de prosperar sin un orden que ella misma se encarga de controlar. Los mafiosos, que representan el desorden institucionalizado, necesitan perentoriamente el orden a nivel de la criminalidad baja y media.

Yo tuve relación con otro mafioso afamado, que fue asesinado al mismo tiempo que su mujer, el 22 de mayo de 1978, delante de la cárcel de Ucciardone, en Palermo. Se llamaba Sirchia. Había sido confinado en la isla de Linosa y después puesto en libertad condicional. Todas las noches tenía que regresar a Ucciardone a dormir en la cárcel. Su proceso había sido un juicio legal sin pruebas, como sucede con la mayoría de los procesos legales de los mafiosos. Por otra parte, este Sirchia había empezado a escribirme a partir de 1972. A través de sus cartas, yo había descubierto que él era uno de esos mafiosos que en realidad no saben serlo y que, en cualquier caso, había dejado de vivir de acuerdo con las reglas y con las leyes mafiosas. Entrevistado por el semanario L’Europeo, había declarado: “¿Pero por qué se dice que yo soy mafioso? Una vez me sucedió que unas personas que yo conocía me dijeron: ‘Ven a poner un poco de orden en el astillero naval’, y yo fui para prestarles un servicio. Y el astillero se convirtió en un auténtico convento… ¿Se es mafioso por esto?” Después Sirchia se volvió cada vez más consciente de que la mafia era algo completamente diferente a una sociedad civil normal o a un Estado de derecho; resintió también la injusticia de encontrarse en confino, en confinamiento, en tanto que otros, más culpables vivían tranquilamente en sus casas. De ahí radica su conversión y a la vez la razón de su muerte. Él había decidido vivir en paz con el mundo, instalarse en Linosa para dedicarse a la construcción de casas, y entonces “ellos” lo mataron una tarde de mayo de 1978, así como a su mujer, y este último detalle, que constituye una profunda anomalía en las costumbres criminales de la mafia, me dio mucho que pensar. Como no se recuerda que algún mafioso haya dicho alguna vez ni una palabra de sus asuntos a su mujer, éstas quedan, en efecto, generalmente excluidas de las vendettas. Una vez yo llegué a escuchar a un mafioso decir de un juez: “Este juez está muy bien, verdaderamente muy bien, salvo que se ha permitido detener a mi mujer. Hay dos tipos de explicaciones posibles: o bien yo soy lo que el juez dice que soy, es decir, un mafioso, y entonces el juez sabe muy bien que no cuento nada a mi mujer y, por lo tanto, es totalmente inútil proceder a arrestarla; o bien no soy un mafioso y en estas condiciones es tan inoportuno detener a mi mujer como detenerme a mí”. ¿Por qué la mujer de Sirchia fue asesinada con su marido?, yo me preguntaba. ¿Se habría confiado la ejecución del crimen a un miembro de esta “nueva mafia” que no sabe observar las reglas más elementales? ¿O bien Sirchia había dejado verdaderamente de ser un mafioso y los capomafia se convencieron de ello hasta el punto que consideraron indispensable la eliminación física de un hombre que podía llegar a ser capaz de dejar de respetar una regla tan fundamental como el silencio ante su mujer? Yo me inclino por la segunda hipótesis. Sirchia, en mi opinión, quería salirse de la mafia, aun sabiendo que de la mafia nos e sale a voluntad, que es como desertar en tiempo de guerra. La mafia, como he tenido oportunidad de subrayarlo en múltiples ocasiones, vive eternamente en pie de guerra, no conoce otra manera de existir. Por lo demás, sobrevive gracias a estos cánones de comportamiento.

En la mafia ha de quedar muy claro que cada quien tiene que cumplir sin falla su propio oficio: el carabinero debe hacer correctamente de carabinero; el juez, de juez; el periodista, de periodista. Y llegados a este punto, tengo que hablar del asunto Mauro de Mauro, periodista del diario L’Ora de Palermo que desapareció misteriosamente el 16 de septiembre de 1970. De Mauro fue asesinado no en tanto periodista sino en tanto individuo que había transgredido las normas; probablemente se debió enterar de algo que nunca habría tenido que saber y podía constituir un peligro inmediato para alguna otra persona. Mauro de Mauro tenía el encargo de Francesco Rosi, el cineasta, de llevar a cabo un sondeo sobre las últimas horas del funcionario petrolero Enrico Mattei en Sicilia, ante de que se estrellara su avión personal. De Mauro fue a informarse con la mayor meticulosidad con todos aquellos que habían asistido a la última reunión celebrada con Mattei, con los que le habían acompañado o simplemente lo habían visto en el aeropuerto. Yo estoy convencido de que Mauro debió plantear la pregunta precisa a la persona que no había que interrogar, o bien planteó la pregunta equivocada a la persona precisa. De Mauro, en mi opinión, no sabía nada particularmente comprometedor, simplemente debió decir algo que podía dejar sospechar que él conocía cosas de otra envergadura. Nunca se encontró su cadáver. En un crimen cometido por la mafia no es raro que no se encuentre el cadáver, pero no es por razones directamente vinculadas al carácter mafioso del crimen. En general, significa que han intervenido motivos de orden político-financiero, tal vez incluso que los servicios secretos se han deslizado en la historia. Se reconoce que un crimen es de tipo mafioso, en primer lugar, por la personalidad del asesinado y, después, por el método escogido para la ejecución. Por ejemplo, en el caso de Mauro, para que picara el anzuelo, la mafia se valió de una persona de la que el periodista no desconfiaba. Después está el método, es decir, en primer lugar, el tipo de proyectil utilizado. Generalmente se usa la lupara, que no es una variedad de fusil sino una variedad de bala: después de haberle cortado el cañón para que sea más transportable, se carga el fusil de caza con una determinada cantidad de balas de pequeño calibre, de las que se usan para cazar lobos, de ahí el nombre de lupara. ¿Por qué la mafia asesina a la lupara? Porque con esos perdigones con seguridad se mata. Porque tienen un radio de acción tal que no se puede errar el blanco. Porque deja agujeros incomparablemente grandes en el cuerpo de las víctimas. El grado de seguridad de la lupara es idéntico al que proporciona la metralleta. Pero más allá de estas razones de eficacia, no hay que olvidar que la lupara es ante todo el arma tradicional del mundo campesino. Tercera y última característica del crimen mafioso: la densidad del misterio que lo rodea o, para decirlo mejor, el misterio que representa el crimen para la policía y sólo para ella, pues al ciudadano medio no se le permite ni siquiera la duda. En los pueblos de la Sicilia occidental y en una ciudad como Palermo, cuando tiene lugar un crimen de la mafia, se sabe por qué, cómo y quién lo ha cometido. Pero nadie se lo comunica a la policía; empieza a funcionar la famosa omertá o “ley del silencio”. Si agregamos que la mayor parte de los crímenes de este género son arreglos de cuentas internos de la mafia y que, en cierto sentido, para la policía significan una especie de alivio porque son eliminados sin riesgo individuos peligrosos (lo que Dashiel Hammett llama “la cosecha roja”), comprenderemos que las fuerzas encargadas de la represión no tiendan a intervenir en demasía. En cuanto a los demás rituales, como piedras encajadas en la boca de la víctima, o tierra en la garganta, o la lengua cortada, son elementos estetizantes, obra más de la pequeña mafia que de la grande, la cual no tiene nada que ver con este simbolismo de baja estofa y prefiere métodos más serios y claramente menos expresivos. ¿El origen de la mafia? No cabe duda que el nombre es de procedencia árabe y, en cuanto al fenómeno, hay un primer rastro en el relato del viaje que un escritor árabe hizo a tierras sicilianas durante el reinado de Guillermo II, llamado el Normando, en 1180-1181. Los invasores de África del norte abandonaron la isla al poco tiempo, pero muchos de sus conciudadanos permanecieron y su lengua se difundió bastante. Este escritor árabe está a punto de pasar la aduana en Palermo, cuando un siciliano le advierte: “Si llevas algo de contrabando, escóndelo”. Y el árabe queda estupefacto, literalmente, al constatar que un siciliano le advierte a él, un extranjero, de un peligro que le amenaza y de que corre el riesgo de ir en contra de los intereses y de las leyes del Estado en el que vive. ¿Qué significa esta anécdota? Simplemente que los árabes no iban en contra del Estado y los sicilianos sí. Esta es la primera manifestación literaria de lo que Pietré, nuestro mejor especialista en la mafia, denomina el sentire mafioso, el “sentir mafioso”.

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Una serie de episodios históricos vienen a testimoniar después el que este “sentir mafioso” se haya perpetuado con el tiempo. El primer signo de la existencia de la mafia en tanto que asociación de criminales lo encontramos en un informe del procurador general de Trapani, en 1837. Este procurador se llamaba Pietro Guola y fue ministro de los borbones antes de seguir a los franceses al exilio y además escribía en francés. Buen historiador, supo describir la mafia exactamente tal como la conocemos en la actualidad. Según él, curas, funcionarios del Estado y jueces formaban parte de ella. Podríamos agregar que, a partir de 1860, con la unificación italiana, los políticos pasaron a completar la lista… Pietro Guola no utiliza nunca la palabra mafia, dice fratellanza, fraternidad, lo cual me confirma la idea de que el término fue forjado por no mafiosos, personas que conocían sólo superficialmente el fenómeno. El término se encuentra usado explícitamente en la comedia I Mafiosi della Vicaria –se trata de una cárcel de Palermo-, escrita en 1863 y en la que me inspiré para escribir I mafiosi.

Se puede hacer una filología de la mafia y yo he tratado de hacerla en un relato que lleva este nombre, “Filología”, pasando revista a todas las definiciones que circulan. Está Petrocchi que escribe la palabra con dos “f” y dice: “Unión de personas de todo nivel y toda especie que se prestan ayuda con un interés recíproco, sin respetar leyes ni moral”, estableciendo una relación entre el término mafia y “mafler” del francés antiguo, del que derivan los adjetivos “maflé” y “maflu”. Está Pietré que afirma: “La mafia no es ni secta ni asociación, no tiene ni reglamentos ni estudios. El mafioso no es ni ladrón in malandrín. El mafioso quiere que le respeten y él respeta casi siempre. Cuando es ofendido, no recurre a la ley ni a la justicia, sino que sabe buscarse la justicia por sí mismo y, cuando no tiene la fuerza suficiente, por otros que tienen el mismo sentimiento que él por las cosas”. Está Pietro Fanfani, autor de un vocabulario italiano en el que el término mafia, escrito con dos “f”, va seguido de la definición siguiente: “sociedad secreta en Sicilia” que derivaría del árabe maehfil, que significa “agrupación”. Por último, está la definición del padre Gabriel Maria de Aleppo, misionero capuchino y profesor de árabe, que habla de “protección contra los abusos de los poderosos, exención de toda ley social, reparación de todo daño, fuerza, robustez de cuerpo, serenidad de alma, reconocimiento y gratitud hacia quien hace buenas acciones de una y otra parte, la parte mejor y más exquisita de todo”… El padre Gabriel reconstruye la palabra en torno a los términos árabes mohafat, que quiere decir defender, hofuat que significa la mejor parte de una cosa y mohafi que quiere decir amigo, amigo agradecido… Dejo al lector que él elija.

¿La localización geográfica de la mafia? No puede dejar de sorprendernos el hecho de que la mafia se haya extendido únicamente en la parte occidental de Sicilia, pero resulta difícil explicarse de buenas a primeras por qué. En el relato de su viaje a Sicilia, Tocqueville denuncia por su parte la estructura de los bienes raíces. En efecto, así como en la parte oriental la tierra está fragmentada y se cultiva de manera intensiva, en la parte occidental el latifondio impera con su sistema feudal de poder. En la cumbre, el barón propietario, que vive en Palermo. En la base, el campesino. En medio, el gabelotto o affituario, que administra la tierra y la explota, y que, por la fuerza de las cosas, acaba por robar al barón y al campesino. ¿Pero por qué –se pregunta uno- Sicilia oriental no tiene latifondi? La respuesta más frecuente es que las erupciones del Etna y los terremotos hicieron tan poco rentable y tan poco segura la propiedad de la tierra que los propietarios tuvieron que deshacerse de las tierras en beneficio de los campesinos. Resulta pues verosímil que los barones, aterrorizados por la inestabilidad de propiedades siempre en tela de juicio debido a fenómenos naturales incontrolables, hayan aceptado fraccionar sus tierras y muchas otras pequeñas concesiones. El terremoto como medio de reforma agraria… La pate occidental dio pruebas, en cambio, de ser más segura y en ella triunfó el latifondio, tanto como sistema de valorización de la tierra como tipo de organización social.

Pero es necesario decir que las mentalidades también son profundamente diferentes en las dos partes de Sicilia y que las razones que condujeron a un cierto tipo de reparto agrícola son también las que estimularon un cierto tipo de narrativa, de producción literaria, muy característica en ambos casos. En Sicilia oriental, la cantidad y calidad de narradores seguramente son superiores a las nuestras, pues seguimos siendo los parientes pobres, con únicamente Pirandello, Lampedusa y Sciascia…. Ellos tienen a Giovanni Verga, De Roberto, Capuana. Allá existe el teatro y los cómicos. Aquí, el teatro no llega a instalarse. Palermo es la única ciudad meridional que no tiene teatro estable y no hay ni un solo actor cómico. Aquí la población es introvertida, taciturna, increíblemente seria; allá, la población se exterioriza, es realista y alegre. Aquí somos más bien pobres y más bien rurales, allá más ricos y con mayor diversificación. ¡Cuán exacto es decir que nosotros, los habitantes de la Sicilia occidental, nunca hemos tenido más horizonte que la tierra! El príncipe Caracciolo, que fue embajador en Londres y en París, cuando se instaló como virrey en Palermo, se dio cuenta enseguida dónde nos apretaba el zapato. Escribió: “Este país es el único en el mundo donde el ingreso procedente de la tierra se transforma en otra tierra”. Es cierto que aquí se reinvierten los beneficios agrícolas en la compra de otros terrenos agrícolas y que la única idea de riqueza que comparte el siciliano occidental es la extensión, de nuevo como siempre, de su tierra. Por algo dice el proverbio: Terra quanto vedi, casa quanto stai, tierra cuanto veas, casa cuanto estés. Caracciolo descubrió por tanto que lo que en otros países sirve para mejorar la calidad de las culturas o para llevar a cabo instalaciones industriales, aquí queda inmovilizado con la compra de nuevas tierras. Así fue como Sicilia occidental pasó sin transición del sistema feudal al capitalismo, el cual toca a su fin.

En el transcurso de los siglos, las dos capitales de las dos Sicilias, Mesina y Palermo, han vivido una rivalidad muy intensa. Por un lado, Mesina se confirmaba como una ciudad comercial (al menos hasta el terremoto de 1908), es decir, mercantil en cierto sentido preindustrial, sin aristocracia pero provista de una buena burguesía. Por el otro, Palermo seguía siendo esencialmente parasitaria: una ciudad en la que, al menos en el siglo XVIII, reinaban dos mil familias nobles, donde la única estratificación social era la que separaba a los siervos de los amos, y donde no existía, ni a modo de embrión, una burguesía industrial o comerciante. En Mesina se comerciaba y todavía se comercia con el Levante y con Francia; los mesineses pidieron ayuda a los franceses para defenderse de los españoles y, a consecuencia de este llamado, tuvo lugar la expedición del duque de Lison, del que habla Voltaire en su Siglo de Luis XIV. En Palermo no se comercia con nadie. Además, toda Sicilia detesta a Palermo, esta capital administrativa, este monstruo de burocracia, este pulpo que se traga los ingresos, esta cabeza de distrito de donde emanan todos los impuestos y donde están todos los catastros, este centro manifiesto de todas nuestras desdichas. Las historias comparadas de Mesina y de Palermo encarnan de maravilla el conflicto de mentalidades que ha alzado una contra la otra a las dos Sicilias. Además, en Mesina no existe la mafia, en tanto que aquí, basta con hojear los periódicos dos días seguidos para convencerse de que existe, si es que por casualidad no se estaba ya convencido.

La mafia constituye probablemente el único producto de exportación de una ciudad como Palermo. Primero fue inoculada en Calabria, donde se esclerotizó en un género más burdo y más primitivo. Después subió hacia el norte, cuando todos nosotros estábamos convencidos de que el norte de Italia, con su conciencia de clase, su movimiento obrero organizado y poderoso, sería impermeable a su penetración. Pero desafortunadamente basta con una baja en el ánimo público para que la mafia se inserte, prospere y se multiplique. Por último, la mafia llegó hasta Estados Unidos: primero organizó las salidas clandestinas de Sicilia a América y después garantizó a los recién llegados una buena recepción en el nuevo mundo. Estos clandestinos, al principio eran pequeños truhanes, hombres a los que buscaba la policía, prófugos, desertores y, con menos frecuencia, hijos de familias incluso honestos que deseaban emigrar a los Estados Unidos. La mafia representa entonces la única estructura de recibimiento y la única organización de protección de las que podían beneficiarse los emigrantes. Fue en el siglo pasado cuando la versión norteamericana de nuestra mafia adquirió toda su consistencia, en el momento en que familias enteras de sicilianos se encontraron juntas al mismo tiempo en un país difícil. ¿No era natural que trataran de reinsertarse en el sistema de poder que había sido hasta entonces el suyo? Un sistema que, en el caldo de la cultura norteamericana, tomó la envergadura de una organización corporativista, comparable a las de otros grupos étnicos, como los irlandeses o los judíos, pero aún más poderosa : mafia ofrecía entonces tantas analogías con el capitalismo que no fue nada difícil para el capitalismo asimilarla.

Y además había aquellas malditas elecciones… Es de imaginar la temible seducción que debían ejercer en un político norteamericano deseoso de triunfar esos grupos humanos organizados y que obedecían a pie juntillas las órdenes de sus jefes. Pero en el momento mismo en que estos políticos decidieron valerse de la mafia, tuvieron que servirla y encubrirla en sus ilegalidades. El período más glorioso fue evidentemente el de la ley seca, pero el periodo actual, con su tráfico de droga, no les es menos favorable. En la actualidad, este tráfico está dirigido conjuntamente desde Sicilia y Estados Unidos. A América ya sólo le queda importar nuestra industria sistemática del secuestro bajo el patrocinio de L’Anonima Sequestri (sociedad anónima de secuestros) para que la Little y la Big Italy estén en el plano de perfecta igualdad… Cuando se han celebrado elecciones en Estados Unidos, miles de sicilianos se han sentido más que contentos de poder poner de manifiesto sus talentos de organizadores de consenso; indiferentes a los problemas de la democracia en ese país extranjero -¿lo son menos en el suyo?-, le han hecho el juego al partido conservador. Ellos, aquellos que partieron de la Italia rural y subdesarrollada impulsados por la miseria, helos ahí transformados en pilar del sistema electoral menos democrático y del capitalismo industrial que más explota la miseria. En suma, se han pasado una vez más del lado del patrón.

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Yo me pregunto a menudo acerca del poder inalterable de la mafia. Observándola y escudriñándola, he empezado a conocer el sentido de sus más pequeñas manifestaciones. Y sé que cuando la mafia atraviesa por periodos de crisis interna en los que los arreglos de cuantas llenan de flores los adoquines de Palermo y se empieza a contar los muertos de las grandes familias mafiosas, pues bien, Dios mío, las cosas no van tan mal puesto que los mafiosos se matan entre ellos. Sé, por tanto, que cuando la mafia dispara es que tiene problemas. Pero cuando no dispara y se la cree inexistente, aplastada, eliminada, sé que está pasando por un buen periodo, que está almacenando los beneficios y que su aparente silencio disimula sus ganancias.

El Estado tiene una gran responsabilidad en la fortuna de la mafia y se puede decir incluso que en cierta manera la ha alimentado en su seno. A veces se ha acusado al Estado de los “errores” que ha cometido en su lucha contra el fenómeno mafioso. ¡Si sólo se tratara de “errores”! A decir verdad, el Estado nunca ha luchado contra la mafia. En le época en que el Estado conformaba una verdadera mafia, en la que había llegado a convertirse totalmente en una mafia –me refiero al fascismo-, entonces sí, el Estado trató de expulsar a la mafia como fenómeno de competencia. Más tarde, esta lucha adquirió aspectos a veces espectaculares, a veces grotescos, con batallas entre policías por ejemplo, como si los boss se escondieran en los matorrales, en la resistencia, pero nunca hubo una auténtica voluntad de extirpación. Tuvo lugar también el episodio de la Comisión parlamentaria de averiguación sobre la mafia, formada bajo la presión de la opinión pública continental y en especial del partico comunista. Se habló mucho de la mafia, tal vez incluso demasiado, pues se alimentaba la esperanza de que las medidas de policía y de justicia iban a permitir circunscribir el fenómeno. Pero, extrañamente, nada de eso se produjo y, en cambio, la mafia tuvo la inteligencia de aprovechar la oportunidad que le ofrecía esta averiguación para llevar a cabo una renovación interna que había llegado a ser indispensable con el ascenso de las nuevas generaciones. La mafia se liberó de sus personajes más folklóricos, más comprometidos, los que estaban más “al descubierto”, los más gastados, y después se presentó a la opinión pública como la víctima de medidas plenamente anticonstitucionales. Mas en sus estructuras más auténticas, en su verdadero trasfondo, en su organización más secreta, sigue siendo ella misma y continúa sus negocios. La idea de la Comisión antimafia estaba por tanto “contaminada” desde el principio. ¿Una señal? El hecho de que esta averiguación fuera solicitada por unanimidad menos eun voto por la Asamblea regional siciliana: 89 diputados estuvieron a favor, cuando por lo menos 20 de ellos, por su lugar de elección y por las personas que les eran cercanas, estaban directamente coludidos con la mafia. La solicitud es sospechosa. Pasemos ahora a la composición de esta Comisión: no formaba parte de ella ningún experto en problemas sicilianos y de la mafia, ningún experto salvo el senador comunista Girolamo Li Causi, cuyas intervenciones durante los interrogatorios fueron, en efecto, las más rigurosas y las más decisivas. ¿Consecuencias de la publicación del informe antimafia? Algunas franjas de la baja fuerza mafiosa fueron enviadas al confino, al confinamiento; en las tres mil páginas de que consta el informe se puede encontrar una descripción minuciosa e interesante del fenómeno mafia, un conjunto de análisis que eventualmente serán de utilidad para el conocimiento y la comprensión de esta especialidad siciliana; y se tiene la oportunidad de adquirir la certidumbre de que el funcionario pequeño y medio, el asistente de los carabineros o el comisario de la policía, han cumplido su deber con bastante corrección en la batalla contra la mafia. Los informes de estos modestos representantes de la ley sobre sus jurisdicciones son casi siempre honestos y preciosos y, si se hubieran seguido a tiempo sus indicaciones, es plausible que se hubiera podido lanzar una campaña de limpieza que hubiera podido contribuir a la extracción del fenómeno. En realidad, el aparato del Estado se bloqueó más arriba, a nivel de los funcionarios de las cabezas de distrito y de los ministerios romanos que mantenían estrechas relaciones con los políticos. Es concebible que el balance que se sacó de las acciones de esta Comisión no fuera muy optimista. Olvidaba decir, para iluminar un poco el cuadro, pese a todo que estas tres mil páginas y estos diez años de trabajo de la Comisión permitieron en todo caso apreciar mejor las relaciones de la mafia con la Democracia Cristiana y destituir, al menos provisionalmente, a un personaje tan comprometido como Vito Ciancimino de la alcaldía de Palermo, debido a su colusión con la mafia. Repito: el único “político” de la Comisión que poseía los instrumentos necesarios para una buena denuncia era Li Causi, lo cual significa lo aislado que se debió sentir en medio de los demás encuestadores.

Otros efectos negativos de la publicación de este informe: iba acompañado de dos informes “de minoría”, uno redactado por el Partido Comunista y el otro por los fascistas; aquello de lo que son responsables los comunistas es mucho menos interesante para mí, siciliano, que aquello de lo que es responsable el MSI, pues los fascistas podían revelar nombres, nombres de uno que otro intocable. Los fascistas eran los únicos que estaban en la oposición, estaban tan fuera de juego que no corrían ningún riesgo si procedían a hacer tales denuncias. Saco una conclusión amarga, y es que los partidos de izquierda se equivocaron al abandonar el ejercicio de la oposición, por tanto la denuncia, una función saludable y capital en una democracia entre las manos sólo de fascistas. En Sicilia no será posible una verdadera revolución cultural en tanto no haya una buena oposición.

Pero el estudio del fenómeno mafioso no conduce necesariamente a conclusiones sólo de tipo político, las hay también literarias, y en esto reconozco de buena gana que se puede diagnosticar en mí y en numerosos sicilianos una ambigüedad con respecto a la mafia. En el plano civil, por supuesto la condenamos y desearíamos que dejara de existir, que todos los mafiosos, simpáticos y no tanto, fueran a dar a la cárcel si lo merecen, pero en el plano de la narración, del interés que un escritor puede manifestar por sus personajes, y con el que pueda explicárselos, la mafia representa un fenómeno apasionante. Esta visión trágica de la existencia, este rigor y esta severidad en el comportamiento, esta manera de saber correr riesgos, unida a esta voluntad totalizadora que se encuentra en los mafiosos de todos los niveles… Ellos son, en el fondo, lo que Montesquieu denominaba la “virtud”, refiriéndose a las clases dirigentes, son hasta virtuosos en el sentido simple del término; es difícil descubrir en ellos el menor escándalo, o el menor adulterio, o el menor drogado o aún la mínima simpatía por el izquierdismo. El mafioso odia el desorden y la no observancia de las normas. Puritano, adepto a las costumbres más austeras, rígido en su comportamiento individual y social, no debe por tanto hacer sonreír; en una sociedad que asiste impotente a la disolución de las normas, el mafioso vive en un sistema que Calvino muchas veces no desaprobaría.

Conocí a un abogado especializado en la defensa de casos mafiosos. Un día, un gran boss fue a buscarlo a su casa. El abogado se estaba lavando y lo recibió, a pesar de todo, haciéndole pasara al baño. El mafioso le contempló con un aire ofendido, le tiró una toalla y le pidió que se secara: “S’asciugasse”, le dijo. Pero el pudor no lo es todo. Para completar su preocupación por las normas, el mafioso es capaz de comportarse como fiel observante religioso. Sí, va a misa; no, no es particularmente creyente; pero los ritos sociales colectivos representan para él un elemento de satisfacción, una impresión de normalidad. Detesta todas las formas de marginalidad. En la religión, la confesión es lo único que le repugna por razones fácilmente comprensibles: en primer lugar, ir a confesarse no está considerado un comportamiento de hombre; después, confesión o no, siempre existe el riesgo de que el mafioso hable de sus propios asuntos con otro hombre, aunque sea un cura que prestó juramento (que juró la Constitución civil). Por eso es cada vez más común que el mafioso acabe por prohibir a su mujer que frecuente con demasiada asiduidad el confesionario. La curiosidad de los curas, me dijo uno de ellos, puede muy bien trascender los asuntos sexuales… Pero, ¿no dice el proverbio: “Monaci e parrini, senticci la missa e stoccacci li rini” (Monjes y curas, escucha lo que dicen y dales de palos)?

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