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En acto de levedad pacifista burguesa, remueve la estatua de Colón

Cristina contra la historia

En sustitución pondrán a Juana Azurduy

Sábado 8 de marzo de 2014, por ER. Buenos Aires

Cristian Fernández ha puesto en evidencia su puerilidad e ignorancia, símbolo de la confusión ideológica, compartida por muchos, que tiene como base metodológica al antropologismo y el etnologismo, y como núcleo doctrinal al indigenismo y la crítica anti-eurocéntrica.

No es ni idealismo ni armonismo, ni siquiera monismo histórico. Todos estos conceptos implican una cierta escala teórica y una mínima consistencia filosófica para por lo menos poder entenderlos y darles, como procede, beligerancia crítica, aunque sea para destrozarlos dialécticamente. No se trata de nada de esto, ni mucho menos de pensamiento revolucionario. Es simple estupidez de menor de edad la que ha mostrado la presidenta argentina Cristina Fernández al haber ordenado el retiro de la estatua de Cristóbal Colón de la plaza homónima situada detrás de la Casa Rosada. El bochorno es total tratándose de una persona adulta, y peor aún: de una jefa de Estado.

Y no nada más ha hecho eso. Ha dispuesto también las cosas para que el Salón Colón de la misma sede presidencial sea rebautizado como Salón de los Pueblos Originarios. ¿Qué interés intelectual puede tener dialogar con una persona de semejante puerilidad? ¿Qué pensarán de ella otros jefes de Estado? ¿Y qué pensarían Lenin o Federico Engels, que tanto escribieron sobre estrategia militar, sobre Clausewitz y sobre el papel de la violencia en la historia? ¿Qué pensarían Napoleón o Rosa Luxemburgo, personajes todos ellos trágicos y realistas, además de adultos?

Es estupidez pura y dura, como decimos, que produce pena ajena e irritación mayúscula, pues lejos de ser un acto o de soberanía o de rebeldía o de independencia, o lejos de ser nada más un acto aislado de una señora indocta y ridícula, es la mejor muestra de que muchos hispanoamericanos siguen siendo menores de edad históricos. Esto es lo que verdaderamente indigna: que actos como el de Cristina Fernández nos hace ver a los americanos, y particularmente a los argentinos, como menores de edad o como adolescentes, incapaces de entender con sobriedad y madurez el carácter constitutivamente contradictorio, dialéctico y trágico de la historia, permitiéndonos así poder comprender la naturaleza épica tanto del descubrimiento como de la conquista de América, verla como pudieran verse o estudiarse las guerras púnicas o las médicas o la batalla de Stalingrado, con vencedores y vencidos en pie de igualdad por cuanto a su heroísmo, poniendo a unos y otros, con justicia, estoicismo, distancia y elegancia, en su sitio.

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Retiro de Colón.
Los Reyes Católicos sabían que la tierra era redonda, por eso financian el viaje de Cristobal Colón. Su emprendimiento fue una de las grandes partidas geoestratégicas de la historia universal. El resultado somos cientos de millones de hispanohablantes.

En vez de Colón ha ordenado Cristina Fernández poner una estatua de Juana Azurduy, guerrera contra las tropas realistas en el siglo XIX. Nada tenemos en El Revolucionario contra la puesta en relieve de uno u otro personaje de la historia política argentina del período independentista o de cualquier otro período. Lo que repudiamos es el maniqueísmo y simplismo de los criterios generales de la operación, porque es ahí donde aparece la total confusión y la adolescencia mental de quienes están detrás de este esperpento ideológico: ¿qué tiene que ver Cristóbal Colón con San Martín, con Bolívar o con Artigas? Son procesos históricos por completo diferentes. Además de que Colón en realidad significa muy poco, pues lo importante fue el plan geopolítico del imperio español, que financió la empresa colombina sabiendo, gracias a Toscanelli, que la tierra era redonda –cosa que no sabían, por ejemplo, los “pueblos originarios” americanos- y necesitaba tomar a los turcos por la espalda luego de que, en enero de 1492, los hubiera expulsado de Granada, terminando con ello la guerra de reconquista.

Pero el reduccionismo es total, burdo e infantil, de nivel de minita boba e idealista, como Shakira con su fundación a favor de los niños y las niñas, o Penélope Cruz gritando ¡No a la guerra! en la ceremonia de los Goya: Colón representa, según esta ideología, el genocidio y el etnocidio de los “pueblos originarios”, y la Azurduy habría que interpretarla, creemos entender, como la encarnación con perspectiva de género de la lucha y la resistencia contra ese genocidio eurocéntrico. ¿Pero desde cuándo comienza el cómputo de ese supuesto carácter originario de esos pueblos? Se trata de un triple salto mortal ideológico, carente de la más mínima consistencia histórica, y que haría suspender a quienes lo defienden el primer curso de historia, en una Facultad de Historia mínimamente decente.

¿No se dan cuenta de que, de ser así, de ser consistentes en su crítica y condena de “la conquista” de América, habría entonces que retirar también, por ejemplo, los restos romanos de toda Europa, condenando, pongamos por caso, la conquista romana de las Galias por Julio César, o la de Hispania por César Augusto? ¿Sabrán acaso que Hispania fue también conquistada: primero por los romanos, luego por los visigodos, y luego por los árabes? ¿Sabrán que ni Carlos V ni Fernando VII, para poner dos ejemplos, eran en realidad “originariamente” españoles, sino austríaco el primero, y francés el segundo? ¿Sabrán que Nebrija fue el que realizó, en 1492 mismo, la primera gramática moderna: la de la lengua castellana, nuestra lengua? ¿Sabrán que las primeras universidades en América fueron las pontificias de Nueva España, y la de San Marcos en el virreinato del Perú? ¿No se dan cuenta, en definitiva, de que esa condena y esa reconstrucción histórica “desde los oprimidos y los vencidos” se podría perfectamente utilizar por todos los pueblos conquistados por el imperio romano, que rompió, como dijo Hegel, el corazón del mundo? ¿No se dan cuenta de que su metodología carece por completo de sentido, pues consiste en una negación radical de la historia?

Y nadie en Europa, en todo caso, lo ha hecho. Nadie ha tirado o destruido las columnas o los arcos o las calzadas romanas. Sería ridículo, porque es Europa misma la que constituye un resto romano. Sería simple y sencillamente negar la historia, querer taparla con un dedo. Sería interpretar las cosas con la óptica de un niño.

Y en efecto. El drama de todo esto es que, como hemos dicho ya, hay gobernantes en Hispanoamérica, como Cristina Fernández, que siguen pensando como un niño. Y que piensan también que, en vez de ciudadanos adultos, gobierna a un pueblo de analfabetos, perspectiva de género incluida.

¿Qué pensaría de esta señora Carlos Marx, el Marx que escribió en ese insuperable y canónico texto del 18 Brumario que “por muy poco heroica que sea la sociedad burguesa, para traerla al mundo habían sido necesarios, sin embargo, el heroísmo, la abnegación, el terror, la guerra civil y la matanza nacional”? Si para Marx fue necesario que los gladiadores de la revolución francesa buscaran “en las tradiciones clásicamente severas de la República romana los ideales y las formas artísticas, las ilusiones que necesitaban para ocultarse a sí mismos el contenido burguesamente limitado de sus luchas y mantener su pasión a la altura de la gran tragedia histórica”; si para él habrían sido estos los referentes de severidad jacobina con los que se acometió la necesaria matanza nacional, ¿cuáles serán entonces los referentes de Cristina? ¿Quién coños es su referente, por el amor de la batalla de Stalingrado o la de Kara Marda en Somalia, encabezada por victoriosas tropas cubanas cuando la campaña en Angola? ¿Peter Pan? ¿Bambi? ¿O no será más bien Alicia en el País de las Maravillas? Sí, ese puede ser quizá su referente: Cristina en el País de las Maravillas es lo que estamos presenciando.

Vaya papelón el de Argentina a través de su presidenta. Mientras las grandes plataformas geopolíticas están colisionando en estos momentos, haciendo de Ucrania el epicentro donde se condensan los grandes antagonismos estratégicos del futuro euroasiático y occidental en un proceso de alta tensión bélica (la OTAN, EEUU, Alemania y, eventualmente, Gran Bretaña por un lado; y Rusia, sobre todo Rusia, pero también China, Irán y la India por el otro), mientras estos acontecimientos atraen toda la atención de historiadores y analistas, o mientras Siria se desgarra en una cruenta guerra civil prolongada, atenazada por el radicalismo islámico de Al Qaeda, Cristina Fernández reivindica a las culturas de los pueblos originarios en pánfilo gesto de multiculturalismo infantil. ¿Qué pensarán de ella, puestos en este tenor, Vladimir Putin, Ángela Merkel o Yevgeni Primakov? ¿Y Margaret Tatcher? ¿Qué pensaría Margarte Tathcer, que decidió enviar sus buques cuando lo de las Malvinas?


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