El Revolucionario

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Dominique Lecourt

1908

Ensayo sobre la posición de Lenin en filosofía

Sábado 14 de julio de 2012, por Caja de resonancia


1908. En Rusia, es el punto más bajo de la ola revolucionaria. Tres años después del fracaso de la revolución de octubre de 1905, el movimiento obrero está en pleno período de reflujo. La represión azota con violencia. Ahora, bajo el golpe de la desilusión, casi todos los intelectuales que en el combate tomaron puestos de avanzada están en una profunda confusión. Confusión que se manifiesta bajo dos formas opuestas, el pesimismo y el abatimiento de unos, la febrilidad de otros. El partido bolchevique no ha sido perdonado; aparecen en él las tendencias liquidacionistas y un grupo, pronto una fracción, que habla de “izquierda” se constituye y reclama el inmediato rechazo de todas las formas de acción legales y el tránsito sin demoras a la acción violenta. Por el momento, este grupo toma posición contra la participación de los representantes bolcheviques en el Parlamento; preconiza, contra la opinión de Lenin, el boicot a la Duma.

Pero entre estos bolcheviques “de izquierda” y Lenin no hay una simple, ocasional divergencia táctica. Estos boicoteadores son, en efecto, los mismos que proponen con insistencia, desde hace algunos meses, adoptar nuevas posiciones en filosofía. En el solo año de 1908, han publicado no menos de cuatro obras a este respecto, sin contar todos los artículos que han hecho aparecer en las revistas. Según Bogdánov, el mejor conocido y el más prolijo de ellos, se trata de “rejuvenecer” la filosofía marxista, el “materialismo dialéctico”.

Este rejuvenecimiento le parece necesario y urgente por una razón esencial, que adelanta con energía; los principios del materialismo dialéctico han sido planteados por Marx antes de las profundas transformaciones que experimentaron las ciencias, especialmente las ciencias físicas, a fines del siglo XIX y a comienzos del siglo XX. De hecho, para no referirse sino al dominio de la física, se comprueba que desde hace una treintena de años un viento de revolución ha conmovido su perfil. La formulación del segundo principio de la termodinámica, luego, el surgimiento de esta nueva disciplina bajo su forma estadística, la fundación de la teoría atómica moderna, los comienzos de la teoría de la relatividad…, para no citar más que los descubrimientos mayores, han provocado una reorganización completa del edificio. Bogdánov y sus amigos concluyen de ello que la filosofía de Marx se encuentra ligada a una época terminada de la historia de las ciencias donde, a causa de la mecánica newtoniana que aparecía como ideal, aún reinaba lo que se ha convenido en llamar el espíritu del siglo XVIII. Su empresa consiste, pues, naturalmente, según ellos, en poner de acuerdo el materialismo dialéctico con los grandes descubrimientos científicos recientes.

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Ernst Mach
1838 - 1916

Invocan, por añadidura, en apoyo de su proyecto, una frase muy conocida de Engels que convierten en su máxima, según la cual “ante todo gran descubrimiento en las ciencias naturales el materialismo debe cambiar de forma” (Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana). Corresponde al materialismo dialéctico, dicen, conformarse a sus propios principios y cambiar de forma, pues la coyuntura científica así lo exige.

Bogdánov y sus amigos se vuelven entonces hacia los nombres de ciencia más ilustres de la época y creen encontrar ya listos, en sus escritos, los instrumentos de aquel rejuvenecimiento. Para extraer las conclusiones filosóficas de sus trabajos científicos, estos hombres de ciencia habían elaborado, en efecto, independientemente unos de otros, una doctrina cuyos principios fundamentales compartían, aun si lo hacían con notables divergencias acerca de la terminología y el detalle de la argumentación. Esta doctrina, esta filosofía de hombres de ciencia es conocida en la historia bajo el nombre de empiriocriticismo. El gran físico alemán Ernst Mach es quien, por la importancia de su obra científica y la autoridad que conquistan sus libros filosóficos, fue y ha permanecido como su símbolo. El empiriocriticismo era presentado por sus fundadores como “la filosofía de las ciencias naturales contemporáneas”, como una filosofía “nueva”, sin precedentes, cuya importancia en la historia de la filosofía, de creer en ellos, estaba a la altura de los descubrimientos científicos de los cuales esa filosofía pretendía ser la reflexión.

Según ellos, esta novedad radical se marcaba en que permitía resolver la contradicción fundamental que hasta entonces había dividido a los filósofos; el empiriocriticismo pretendía poner término al debate secular que oponía los filósofos idealistas a los filósofos materialistas. O, para decirlo mejor, Mach y los empiriocriticistas pensaban haber puesto sobre sus pies un sistema de categorías filosóficas originales que quitaban todo objeto a esa oposición. Creían haber realizado esta prueba de fuerza reuniendo los recursos del empirismo y del criticismo. De allí la denominación “empiriocriticismo”.

El empiriocriticismo se presenta, efectivamente, como un empirismo en la medida en que afirma que todos nuestros conocimientos, tanto del mundo exterior como de nosotros mismos, derivan, a través de nuestras sensaciones, de la experiencia. Pero es también un criticismo puesto que, planteado ese principio, afirma que nuestro conocimiento se limita al contenido de nuestra experiencia sensible; que por lo tanto resulta superfluo concebir, en el exterior de nosotros mismos, una fuente de esas sensaciones; que tal hipótesis es ilegítima porque de todas maneras nosotros no podríamos conocer esta fuente, a su turno, más que por nuestras sensaciones; que por lo tanto suponer que el mundo exterior sea otra cosa que un “aspecto” de nuestras sensaciones es transgredir, en un desarrollo metafísico falaz, nuestra condición humana (Lenin expone este aspecto de la tesis de los empiriocriticistas en los siguientes términos, que son los de la crítica dirigida por Mach a los materialistas: “Los materialistas, se nos dice, reconocen algo que es impensable e incognoscible: la cosa en sí, la materia fuera de la experiencia, fuera de nuestro conocimiento. Caen en un verdadero misticismo, admitiendo que hay algo existente más allá, algo que trasciende los límites de la experiencia y del conocimiento. Cuando dicen que la materia, obrando sobre los órganos de nuestros sentidos, suscita las sensaciones, los materialistas toman como base lo desconocido, la nada, pues ellos mismos declaran a nuestros sentidos como la única fuente de conocimiento”. Materialismo y empiriocriticismo). Tal es, esquemática y provisionalmente resumida, la tesis filosófica esencial de esta filosofía “nueva”, aquella en la que Mach y sus discípulos veían su radical innovación en filosofía.

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Alexander Bogdanov
1873 - 1928

Se comprende cómo podía esta tesis permitirles sostener que habían superado la oposición tradicional entre materialismo e idealismo. Con los materialistas, los empiriocriticistas admitían en efecto que la materia es primera en relación al espíritu, ya que sostenían que todos nuestros conocimientos surgen de nuestras sensaciones; pero, en el extremo opuesto, planteaban con los idealistas la primacía del espíritu sobre la materia pues lo que denominaban “materia” o “mundo exterior” no era, según ellos, nada fuera del espíritu, nada más que un “aspecto de nuestras sensaciones”. Los empiriocriticistas tenían así el sentimiento de innovar, no aportando una nueva respuesta a la antigua cuestión de la primacía –de la prioridad y de la determinación- de la materia sobre el pensamiento (o a la inversa), sino rechazando esta cuestión como una cuestión sin objeto, una cuestión imaginaria, y sustituyéndola por la tesis de la identidad del espíritu y la materia. Tesis que se podría representar mediante la ecuación: materia=espíritu y cuyo desconocimiento habría sido la fuente de la insuperable contradicción que hasta entonces afectara a la historia de la filosofía. Bogdánov y sus amigos se hacen eco de estos escritos filosóficos de los hombres de ciencia de la época y dan crédito a la tesis central que sostienen. El empiriocriticismo, dicen, es la filosofía de las ciencias naturales contemporáneas; dado que esta filosofía supera la oposición del materialismo y el idealismo, no hay por lo tanto ninguna contradicción fundamental que la oponga al materialismo dialéctico. Ahora bien, el materialismo dialéctico tiene gran necesidad de ser rejuvenecido, teniendo en cuenta la transformación del edificio de las ciencias; conviene por lo tanto “unir” la filosofía de Mach a la de Marx. Así es como Bogdánov escribe una obra titulada con el nombre de la doctrina que defiende: Empiriomonismo, que es una variante, en un vocabulario marxista, del empiriocriticismo de los hombres de ciencia. Tales son las nuevas posiciones en filosofía de las cuales los bolcheviques “de izquierda” se hacen propagandistas.

Lenin ve en esta tentativa filosófica un grosero error y un grave peligro; está convencido que entre esta aberración teórica y las posiciones izquierdistas del grupo representado por Bogdánov existe un vínculo de principio a consecuencia. Decide, para tratar el tema a fondo, intervenir en el terreno filosófico contra aquellos a quienes denomina “los discípulos rusos de Mach”, al mismo tiempo que libra en su contra una lucha táctica implacable acerca del problema del boicot a la Duma. Así es como, al precio de un increíble trabajo de lecturas científicas y filosóficas, puede escribir y publicar en septiembre de 1908 el libro del cual intentamos hacer un comentario: Materialismo y empiriocriticismo.

Así entonces, Lenin interviene. Prestando atención a lo más urgente, se dedica, para comenzar, en tres largos capítulos que llevan el mismo título (“La teoría del conocimiento del empiriocriticismo y la del materialismo dialéctico”), a la tesis central del empiriocriticismo. Su primer objeto es probar a los bolcheviques “de izquierda” que, contrariamente a lo que sostienen Mach y sus partidarios, tal tesis no introduce nada nuevo en la historia de la filosofía; que, así, lejos de situarse al margen –“por encima”- de la oposición entre materialismo e idealismo, toma parte en ella y no es más que la reaparición, bajo nuevas vestiduras, de una vieja oposición idealista; que toda tentativa de “unión” o de “conciliación” entre el materialismo dialéctico y el empiriocriticismo conlleva un abandono del materialismo por una forma del idealismo; que el sedicente “rejuvenecimiento” de la filosofía de Marx propuesto por Bogdánov y sus amigos esconde lo que Lenin llama en la introducción de la obra un “revisionismo filosófico típico”; que, en fin, en lugar de ser el empiriocriticismo, como lo pretende Mach y lo cree Bogdánov, la filosofía de las ciencias naturales contemporáneas, es contrario a la tendencia filosófica real que las anima; que, a la inversa, el materialismo dialéctico da cuenta tanto de sus resultados más recientes como de sus problemas aún no resueltos. Se comprende que el texto ofrezca temibles dificultades de lectura, puesto que el sistema de estos objetos está presente en él a cada instante. Determina un sistema coherente de posiciones de combate entre las cuales Lenin se desplaza constantemente para batirse, a veces en la misma página, en todos los frentes a la vez:

- por una parte, Lenin recuerda con insistencia la clásica tesis de Engels según la cual la oposición entre materialismo e idealismo es “eterna”- vale decir, que no puede envejecer ni ser sobrepasada-, y que divide irremediablemente la historia de la filosofía en dos campos enfrentados;

- por otra parte, recurre, de manera provocativa, a las tesis enunciadas al comienzo del siglo XVIII por el filósofo-obispo inglés Berkeley bajo el nombre de “inmaterialismo”. Para leer como una advertencia a los marxistas rusos discípulos de Mach: “Ustedes creen no haber elegido, pero se han colocado en un campo: el del idealismo. La prueba: la doctrina de Mach es, con variaciones terminológicas sin importancia, la reedición pura y simple de la del obispo Berkeley”. Nada nuevo bajo el sol del idealismo;

- complemento a esta provocación: “ved a vuestros amigos, sabréis quiénes sois”. De allí el recuerdo irónico a la entusiasta acogida brindada a las tesis empiriocriticistas por los “Inmanentistas”, escuela de filosofía abiertamente idealista y reaccionaria, y por los “constructores de dios”. Todavía insiste: “Vosotros habéis elegido, porque necesariamente, en filosofía es preciso elegir un campo;

- finalmente, y es sobre esto que reposa todo, Lenin confronta a cada momento las tesis del empiriocriticismo con los conceptos de las ciencias contemporáneas, para hacer surgir su incompatibilidad.

La simultánea apertura de estos diferentes frentes, si vuelve difícil la lectura del texto, no implica sin embargo ni confusión ni dispersión de los argumentos. Lenin se bate en todos ellos, pero siempre con la misma arma. Esta arma es una tesis que da coherencia y unidad al sistema de las posiciones defendidas: la tesis llamada del reflejo, tomada literalmente de Engels, objeto de una incansable repetición en esta primera parte de Materialismo y empiriocriticismo, y que podemos enunciar como sigue: el pensamiento es el reflejo del mundo exterior que existe fuera e independientemente de nuestra conciencia. Ahora bien, esta tesis del reflejo –tesis central de esos tres primeros capítulos de la obra- nutre y continúa alimentando controversias extremadamente vivas, que ponen en juego el sentido filosófico y el alcance político de la intervención leninista en 1908 y, al mismo tiempo, la continuidad de la obra filosófica de Lenin.

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V. I. Lenin
1870 - 1924

Los términos de este debate, sin cesar renaciente, son claros. Pueden presentare bajo la forma cruda de una alternativa: en esta primera parte de Materialismo y empiriocriticismo, sosteniendo la tesis del reflejo, ¿defiende Lenin, sí o no, contra sus adversarios, una teoría empirista-sensualista del conocimiento? Sobre esto no cesa de argumentarse; unos hacen valer que la única referencia filosófica precisa y detallada de Lenin es a Diderot contra Berkeley, y esgrimen textos como “La materia es lo que, actuando sobre nuestros órganos de los sentidos, produce las sensaciones; la materia es una realidad objetiva que nos es dada por las sensaciones…”, y muchas otras del mismo tipo que parecen probar que Lenin eligió su campo, el del sensualismo, e incluso, para retomar sus propios términos, del “sensualismo objetivo”. Otros trata de eliminar estos textos embarazosos considerándolos como u “error” de Lenin, la enfermedad de un no especialista, felizmente rectificado y enmendado, seis años más tarde, en los Cuadernos filosóficos, por una lectura crítica de la Ciencia de la lógica de Hegel. Otros, en fin, rechazan con justa razón ver en Materialismo y empiriocriticismo un pecado de juventud; atentos además por subrayar la radical novedad que introduce este texto en la historia de la filosofía, hacen del “sensualismo” de Lenin una cuestión de vocabulario y, más profundamente, un problema de estrategia filosófica. Lenin emplearía un vocabulario inadecuado puesto que habría enfrentado a sus adversarios sobre su terreno y no sobre el propio. Liberado de estas constricciones, podría en seguida, solo ante Hegel, abandonar –fuera de alguna escoria sin importancia- esta nefasta terminología y desprender, esta vez sin contorsiones, la novedad de sus conceptos. A lo cual se puede objetar que esa escoria es precisamente, en los Cuadernos, la reaparición, palabra por palabra, de los anteriores desarrollos acerca del “reflejo”, incluyen ambigüedades sensualistas. Y la controversia recomienza encarnizadamente.

Para decirlo con claridad, una lectura atenta de la obra nos ha convencido que este debate está destinado a permanecer sin salida, porque desconoce el objeto de la primera parte de Materialismo y empiriocriticismo. Damos a continuación nuestras conclusiones, que toman la forma de tres paradojas a resolver:

a) El “reflejo” que está en cuestión en la tesis del reflejo es un reflejo sin espejos;

b) A despecho de todas las apariencias, Lenin no sostiene de ninguna manera una teoría sensualista del conocimiento;

c) No hay ninguna contradicción entre las tesis defendidas en Materialismo y empiriocriticismo y las que más tarde serán sostenidas en los Cuadernos filosóficos; en particular, la tesis del reflejo (sin espejo) será allí retomada y pensada en la categoría de proceso (sin sujeto).

(Dominique Lecourt, Presentación: 1908, Ensayo sobre la posición de Lenin en filosofía, Siglo XXI editores, México DF, pp. 9-20.)


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