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José Vasconcelos

La Verdad y la Historia

Con motivo del historiador William Thomas Walsh

Miércoles 11 de julio de 2012, por Caja de resonancia


Es una vergüenza para los filósofos e historiadores recientes de nuestra cultura hispánica, el verlos ocupados en el comentario de teóricos de la Historia, como Hegel o Dilthey, Ranke o Huizinga, y aun otro ocioso que anda por allí que escribió la historia de la Historia, en tanto que, historiadores ingleses y norteamericanos, como Belloc o Walsh, nos han estado obsequiando con una Historia verdadera, que resulta favorable para la conducta de nuestros gobernantes del pasado inmediato y desfavorable para el anglosajonismo. Como sucede siempre, el vencedor hace la Historia; pero una Historia que dura lo mismo que s poderío. Tarde o temprano surgen conciencias libres, y tanto mejor si salen del seno de los usurpadores, para proclamar la verdad definitiva.

Durante más de un siglo hemos sido educados en Hispanoamérica, y a veces en la misma España, en la creencia de que Inglaterra ha representado la tolerancia y la libertad, en tanto que España, desde Felipe II, encarnó el despotismo y la opresión. Inculcar esta idea en cada conciencia hispanoamericana fue necesario al imperialismo británico, a fin de que, sin combatir, nos dejásemos arrebatar los intereses económicos, previo el envenenamiento del alma. En los últimos tiempos y gracias a nuestro Carlos Pereyra y a muchos escritores argentinos, la rectificación se ha estado abriendo paso, pero ninguno de los nuestros ha logrado alcanzar la profundidad y el poder de convicción que se derivan de los historiadores ingleses y norteamericanos. Parece que al vencido le quedara por mucho tiempo paralizada la cabeza, acobardada la voluntad, dedicado en lo que resta del ánimo a todas esas obras de puro estilo literario y convencionalismo filosófico que es la “historia” de los filósofos inspirados en el idealismo alemán. El vencedor, en cambio, en plenitud de vitalidad, puede darse el lujo de reconocer las virtudes del vencido y los errores de sus antepasados. Claro que en todo esto hay una cuestión religiosa que está por encima del sentimiento de nacionalidad. Son católicos quienes, en Inglaterra, han resuelto poner la verdad por encima de un patriotismo que llega a mancharse de complicidad cuando adopta el silencio como solución; peor aún, cuando se pone a justificar a camarillas políticas como la de Isabel de Inglaterra, que nunca arriesgaron nada y sí ejercitaron la crueldad con el más descarado cinismo.

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William Thomas Walsh (1891-1949)
Poeta, historiador e hispanista católico norteamericano

Por lo pronto, como el tema es inagotable, copiaremos unas líneas de Walsh acerca de la situación que prevalecía en aquella Inglaterra (que fue la adoración de nuestros liberales), por la época de los Cecil, los regentes de Isabel:

“España ha sido satirizada en la Historia y en la literatura inglesa, como una tierra en la que el Rey y la Inquisición habían barrido toda noción de libertad, que hubo de refugiarse en la Albión protestante. Ninguna mente libre de prejuicio de esta tradición dejará de ver que la verdad era precisamente la contraria. Los españoles miraban con un cierto recelo a los pueblos que hablaban demasiado de la libertad; pero estaban siempre dispuestos a luchar y morir por ella. La misma Inquisición puede decirse que es una declaración de independencia contra el dominio de los israelitas y de los moros. Si había un lugar en el mundo donde se invocara a grandes gritos la libertad y donde, al mismo tiempo, se la despreciara y escamoteara cruelmente, ese lugar era la Inglaterra de Isabel. El número de católicos ejecutados por razones de conciencia, desde 1559, fue menor que en Francia, pero superior a las 270 ejecuciones de protestantes en el reinado católico de María; mas aparte del número, por su ferocidad fría y sangrienta, la persecución inglesa ha tenido pocas que se le puedan comparar en la Historia. Los católicos eran sentenciados sin formación de juicio y antes de ser ejecutados eran sujetos a los más atroces tormentos; sus cuerpos eran arrastrados por las plazas.”

La propia Reina Isabel, hablando en el Parlamento inglés, que se supone cuna de las libertades, expresó, como cualquier dictadorzuelo hispanoamericano, dirigiéndose a los representantes del Clero: “Si no os enmendáis os tendré que deponer. Cuidad, pues, de vuestros cargos. Todo ello puede ser castigado sin ruido ni exclamaciones”. Y Walsh comenta: “Así se hacía la reforma del Clero, que fue el pretexto por el que Cecil y sus amigos ganaron la riqueza y el poder”. Y en cuanto a la tolerancia que Voltaire importó de Inglaterra a Francia, la misma Isabel decía: “Veo que muchos eluden a Dios Todopoderoso, haciendo disquisiciones demasiado sutiles acerca de su Santísima voluntad, como hacen los abogados en los pleitos humanos. Grande es su presunción, pero estoy decidida a no tolerarla… Son los más peligrosos aquellos que sostienen que cada hombre actúe de acuerdo con su propia censura y el hacer la crítica de la validez y confianza del Gobierno y su Príncipe bajo un velo de apariencia de la palabra divina; por ello sus partidarios serán juzgados por un tribunal privado”. Y dice Walsh: “con el descaro de esta declaración pontificial, la Reforma había alcanzado la cumbre de su propia contradicción”.

El espionaje era en Inglaterra antecedente digno de las checas rusas. Y el miserable de Cecil era el amo de la red bancaria internacional, que ya desde entonces conspiraba para hacer del mundo una Inglaterra en que el orden cristiano quedase abolido. Las sanciones penales eran de una brutalidad tal, que todavía el derecho anglosajón se resiente de ellas, como pudo verse durante la primera guerra, en casos en que el Presidente Wilson reducía penas de 300 años de prisión a sólo 99; y en cuanto a los tormentos inquisitoriales, pregúntese a los enterados lo que son, todavía, los métodos de la policía en muchas prisiones de Norteamérica. El espíritu de Cecil y la Reforma todavía pesan sobre el mundo.

En contraste de este régimen de gobierno, el historiador Walsh nos presenta al rival de Isabel, a Felipe II, calumniado como parricida, cuando en verdad esa calumnia tenía por objeto hacer olvidar que Isabel había matado a su media hermana María Estuardo. En contraste con las ambiciones mercantiles de la banda de Cecil, vemos un Felipe II de vida pura, fiel a la amistad y a los afectos de familia; sacrificado, hora tras hora, por el servicio del Estado, en momentos en que era el Rey más poderosos de la Tierra, en cuyo reino jamás se ponía el sol.

Felipe II, cuya severidad, derivada de su rectitud, determinó la muerte de dos malos servidores: su consejero Espinoza, que murió a los dos días de que el Rey le dijo: “Habéis mentido”, y aquel otro al que condenó reprochándole: “Os mandé a gobernar, no a destruir”.

Sobre las libertades que se disfrutan en la España de Felipe II y la Inquisición, nos queda todavía algo que decir.


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