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El PRI anuncia su regreso al poder; derrota histórica para el PAN

Presidencia 2012

López Obrador impugnará la elección

Miércoles 4 de julio de 2012, por ER. México


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Andrés Manuel López Obrador (Macuspana, Tabasco, 1953) y Enrique Peña Nieto (Atlacomulco, Estado de México, 1966)
Resultados electorales: Enrique Peña Nieto 38.96%, Andrés Manuel López Obrador 30.70%, Josefina Vázquez Mota 25.63%

Televisa es el emporio mediático más poderoso de México; es además la principal productora de contenidos radiofónicos, televisivos e impresos de habla española. Digamos que se trata de la indiscutible potencia privada de medios masivos de comunicación en español.

Nace en 1951, cuando el régimen político mexicano priísta se consolidaba de manera contundente y cuando la televisión se abría paso también como un instrumento fundamental de propagación ideológica y de estructuración social y cultural de las sociedades de masas. Como factor imprescindible de orden y poder políticos, en definitiva.

Eran los tiempos de la presidencia de Miguel Alemán (1946-1952) y de Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958). El Partido de la Revolución Mexicana, de cuño cardenista (su antecesor, el Partido Nacional Revolucionario, era de sello callista), se transformaba en Partido Revolucionario Institucional, de sello alemanista. Los generales eran desplazados del poder por los abogados y los empresarios. El capitalismo nacionalista se perfilaba en México, erigiendo una matriz de poder económico político que tenía como núcleo orgánico una alianza fundamental: el presidente de la República y el Partido (con sus tres sectores orgánicamente trabados: el sector obrero, el sector campesino y el sector popular). En algún momento, Emilio Azcárraga Milmo, dueño y cabeza de Televisa desde 1972 hasta su muerte, en 1997, hubo de decir, con un sentido más que metafórico y ocurrente cuando se interpreta a la distancia, que Televisa era un soldado del PRI. Era una metáfora de un empresario intuitivo y poderoso, que, acaso sin consciencia plena de ello, daba una de las claves de la estructura de poder que configuró el régimen priísta durante toda la segunda mitad del siglo XX. La clave es esta: que además de los tres sectores clásicos del PRI (obrero-sindical, campesino y popular), había un cuarto sector constitutivo no ya nada más del PRI sino del régimen político "ampliado" (considerando al presidente como su vértice fundamental): Televisa y los medios electrónicos de comunicación. Este fue el instrumento de propagación ideológica del régimen mexicano y de desactivación, cuando fue procedente hacerlo, tanto del nacionalismo revolucionario del que provenía como de cualquier rescoldo izquierdista (socialista, comunista, revolucionario).

En 1982 tiene lugar un punto de inflexión fundamental dentro de la matriz orgánica del Estado: José López Portillo, en el contexto de la crisis de la deuda hispanoamericana, nacionaliza la banca en su último acto como presidente de México (1976-1982). Esta medida rompió el equilibrio más o menos estable existente entre la oligarquía empresarial mexicana (en donde Televisa era "un soldado, un sector, podríamos decir, del PRI") y la alianza política fundamental que nucleaba las estructuras del régimen (el presidente y el Partido). Esta ruptura anuncia la gradual desarticulación del régimen de capitalismo nacionalista con ideología nacionalista revolucionaria que vertebró a México durante el siglo XX.

Años después llegaría un grupo compacto al poder dentro del núcleo del sistema, es decir, a la presidencia de México y al Partido. El grupo lo encabezaban Carlos Salinas de Gortari y Manuel Camacho Solís. Su estrategia era la de hacer guerra de posiciones dentro de las capas de poder político real (una estrategia más eficaz que la de hacer oposición dentro de un régimen tan bien trabado y estable como el priísta). Salinas fue presidente de 1988 a 1994. Su proyecto era "modernizar" al Estado mexicano, liberalizar la economía y liberalizar el sistema político. Salinas tuvo más empeño en llevar a cabo lo primero, mientras que Camacho sostuvo siempre que sin hacer avanzar lo segundo el régimen político del Estado en su conjunto colapsaría. Él tuvo que haber sido el sucesor de Salinas, pero no fue así. El sucesor fue Luis Donaldo Colosio, asesinado en campaña. Este asesinato y la ruptura entre Camacho y Salinas es una de las claves de la dialéctica de poder en el seno de la clase política mexicana.

Durante el régimen de Salinas, que gobernó con mano dura y dirección de mando único, se reprivatiza la banca, se firma el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, se desmantelan las industrias nacional-estatales (Telmex pasa a manos del hoy hombre más rico del planeta: Carlos Slim) y el narcotráfico incrementa de manera notable su presencia y poder dentro de la red internacional de producción, distribución y abastecimiento de estupefacientes.

Cuando termina su mandato, en 1994, le estalla en las manos el sistema de pagos nacional a su sucesor, Ernesto Zedillo (1994-2000). Fue la famosa crisis del "efecto Tequila" mexicano tan triste y folklóricamente recordada internacionalmente. Zedillo mete a la cárcel al hermano incómodo de Salinas, Raúl Salinas de Gortari, y se abre otro antagonismo fundamental en el interior del grupo de poder del régimen: el antagonismo de Zedillo contra Salinas de Gortari.

A pesar de la crisis económica derivada del colapso financiero de 1995 (rescatado por Bill Clinton), y a pesar del levantamiento neo-zapatista de 1994, el sistema político no colapsa ni mucho menos. Se mantiene firme en sus estructuras. Pero había que hacer algunos cambios de superficie en todo caso. Ese era el momento esperado por Vicente Fox y el Partido Acción Nacional. Fox es un empresario analfabeto ideológico y político que se incorpora a la política en la década de los 90, y el PAN es uno de los partidos históricos de México, fundado en 1939 por Manuel Gómez Morín, de perfiles y contenidos católicos y de capitalismo nacionalista.

Durante el gobierno de Salinas de Gortari, que se impuso políticamente al candidato que había hecho converger en torno suyo a las corrientes nacionalistas revolucionarias e izquierdistas (socialistas), Cuauhtémoc Cárdenas, se fraguó una alianza estratégica entre ese nuevo PRI representado por el grupo compacto salinista-camachista (un PRI "moderno", neoliberal y liberalizador) y el Partido Acción Nacional. Esa alianza permitió que en 2000 el descontento ciudadano, nunca revolucionario, se decantara en torno de la figura de un outsider de la política: Vicente Fox. El dispositivo ideológico fue doble: el mito de los "70 años del PRI" y el tránsito de un régimen autoritario a un régimen democrático, es decir, el mito de la transición democrática. Toda la oposición a ese PRI "autoritario" se distribuye entre el Partido de la Revolución Democrática, organizado a instancias de Cuauhtémoc Cárdenas durante la década de los 90, y la candidatura "ciudadana" de Vicente Fox y el PAN. En 2000, compiten Cárdenas, Fox y Francisco Labastida (PRI) por la presidencia. Fox logra hacer efectivo el rechazo ciudadano por el PRI que causó la crisis del 95, y con la estrategia del "voto útil" vence a un Labastida gris y sin apoyo político efectivo de la presidencia: cuando se anuncia el triunfo de Fox en 2000, el PRI tenía planeado impugnar la elección o no reconocer los resultados, pero el presidente Zedillo se adelanta y, en cadena nacional, aparece en las pantallas de televisión saludando el triunfo de Fox y el inicio de la alternancia política.

Fueron 12 años de gobiernos panistas. Después de Fox vino Felipe Calderón, que gobernó al país de 2006 a 2012. El poder de Televisa se incrementó notablemente, dejó de ser un soldado del PRI para pasar a ser uno de los dueños de la vida política nacional: la ideología mexicana no proviene ya ni del PRI ni mucho menos del PAN sino de Televisa (a través de noticieros, telenovelas, comedia y sátira política, concursos democráticos y de igualación social: con papilla democrática en definitiva).

Por otro lado, la Ciudad de México se convierte en el bastión de la izquierda política: desde 1997, año de las primeras elecciones para Jefe de Gobierno, al día de hoy, el PRD y partidos aliados han gobernado a la ciudad de México. En 2000 llega a ese cargo uno de los más importantes líderes nacionales: Andrés Manuel López Obrador. Fundamentalmente desde ese año inicia una campaña por llegar a la presidencia de la república con el propósito de recuperar las tradiciones nacionalistas revolucionarias que a través del nuevo PRI salinista y las televisoras (a Televisa se suma luego TV Azteca, de Ricardo Salinas Pliego) se había desactivado. En 2006 se produjo una crisis mayor: Calderón se impone por la fuerza a López Obrador, quien a su vez desconoce la elección y organiza una segunda gran etapa de su campaña política mediante una serie de plataformas sui generis a través de las que logró encausar el descontento social y político de la oposición al régimen: gobierno legítimo, movimiento por la defensa del petróleo, movimiento regeneración nacional. Era claro que el nuevo régimen mexicano, transformado desde el núcleo (la presidencia y el Partido) y el cuarto sector del régimen, Televisa, no permitiría que llegara al poder quien en realidad era y es el más importante líder nacional y el principal enemigo para sus intereses monopólicos y oligárquicos.

Cuando López Obrador inició esa segunda etapa de esa larga campaña política en 2006, Enrique Peña Nieto llevaba poco más de un año como gobernador del Estado de México. Y desde entonces fue también que los grupos más importantes y poderosos del país decidieron que él habría de ser el próximo presidente de la república, para que regresara el PRI a esa instancia fundamental de poder. Durante todo su gobierno se gastaron millones de pesos en la publicidad de Peña Nieto, ofreciéndolo como el representante de una nueva generación de políticos priistas y como la mejor opción ante los desaciertos de 12 años de gobiernos panistas. La campaña tuvo como estratega fundamental, no ya a una empresa de consultoría externa, sino a Televisa.

El domingo pasado, 1 de julio, tuvieron lugar las elecciones presidenciales. Luego de una campaña de una desigualdad de escándalo, Enrique Peña Nieto se perfila como eventual y contundente ganador, con un margen del orden de los 7 u 8 puntos porcentuales sobre Andrés Manuel López Obrador. En sus primeros discursos y tomas de posición como eventual triunfador ha anunciado que su prioridad principal serán las reformas estructurales que “México necesita”: la reforma fiscal, la reforma energética, la reforma laboral. Es la agenda de “liberalización y modernización” económica que Salinas de Gortari lleva impulsando desde su llegada al poder del sistema político en 1988. El riesgo de que se termine por desmantelar al Estado nacional está a la vista de todos.

El papel de Televisa fue decisivo, tanto más si se mira el incremento de su poder a lo largo de las últimas décadas en las que, como aquí hemos querido explicar mínimamente, se ha transformado de soldado a uno de los generales de división del régimen político mexicano. Esta es la estructura de poder político contra la que López Obrador lleva enfrentándose desde hace décadas, y más particularmente desde los 12 años que median entre su llegada a la jefatura de gobierno del DF al día de hoy.

Mientras redactamos esta nota, todo parece indicar que, dado el considerable número de casillas con irregularidades en la elección (alrededor del 81%), y dada la aplastante desigualdad en los recursos erogados en la campaña del priísta (sobre todo para la compra de votos el día de la elección), López Obrador impugnará la elección presidencial. Es importante señalar que, a diferencia de 2006, en esta elección existe ya la figura de recuente de votos (voto por voto), siendo de hecho posible que se anule una casilla, un distrito o la elección entera de ser así procedente. Nada de esto existió en la crisis de 2006, circunstancia que fue parte de las causas de la manera en que todo quedó trabado y sin solución político-institucional sencilla. Una de las consecuencias de esa lucha política dada por López Obrador fue la reforma electoral de 2007, donde en efecto quedaron incorporadas estas disposiciones electorales de recuento de votos y de eventual anulación de la elección.

El margen de victoria de Peña Nieto es en todo caso, nos parece, irremontable. Las decisiones que tome López Obrador en los días por venir son por ello de gran trascendencia para el futuro del movimiento que encabeza y para su propio liderazgo.

En el sector universitario de la ciudad de México surgió un movimiento dirigido de manera directa contra las televisoras (Televisa principalmente) y contra Peña Nieto. Se han hecho llamar Yo soy 132. Están por verse los resultados que en esta etapa post-electoral habrá de tener su estrategia de movilización y resistencia civil contra esta imposición político-mediática de un triunfo electoral.

Hay en todo caso, nos parece desde ER.México, una paradoja o contradicción histórica: por un lado, ocurre que desde que fue posible tener elecciones democráticas en el DF, de 1997 en adelante, la izquierda (la corriente de la izquierda de la revolución democrática) ha ganado y se ha consolidado en la ciudad (el candidato en la ciudad en estas elecciones, Miguel Ángel Mancera, ganó con el mayor margen registrado: con aproximadamente un 60% de los votos a su favor). Tenemos entonces la inequívoca consolidación de una tendencia histórica: la izquierda de la revolución democrática (más socialdemócrata y liberal, progresista, que la nacionalista revolucionaria) se afianza en la capital de la República. Pero tenemos también, por otro lado, la consolidación de otra tendencia histórica de signo contrario, a saber: a nivel nacional, a escala del poder político del Estado, la izquierda, desde la ruptura fundamental de 1988, no puede llegar, en 5 elecciones presidenciales, al poder del Estado.

El contraste es evidente: la dialéctica de poder real que puede darse al interior de la ciudad de México es de rango mucho menor que la dialéctica de poder real a la escala del Estado nacional. Mientras la agenda socialdemócrata y progresista se consolida en el DF, la agenda nacionalista y popular llega por quinta vez (tres candidaturas de Cuauhtémoc Cárdenas, dos de López Obrador) a una derrota política y de poder.

Muchos dirán que la única opción es el abandono de la agenda nacionalista, popular y anti-oligárquica de un López Obrador, para cederle el paso a una agenda, como en la ciudad de México, más moderada, moderna y progresista, la agenda socialdemócrata. ¿Pero cuál puede ser el alcance transformador, no se diga revolucionario, que una agenda de ese tenor puede tener en un régimen de tan alto grado de estabilidad y poder acumulado como el mexicano? Los próximos seis años nos irán marcando el paso para encontrar una respuesta.


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