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En el segundo día de su viaje por China

Olmert se reune con Wen Jiabao en Pekín

El primer ministro israelí departirá mañana con el camarada Hu Jintao mientras continúa la ambigüedad respecto al «problema iraní» por parte de los representantes de la sexta generación de la izquierda definida

Jueves 11 de enero de 2007, por ER. Shangai

En el segundo día de su visita a la República Popular China, tercer socio comercial de Israel tras los Estados Unidos de América del Norte y Alemania, Ehud Olmert ha ensayado un «acercamiento» al premier chino Wen Jiabao con el que ha podido encontrarse en el Gran Salón del Palacio del Pueblo. El primer ministro israelí, muy interesado por supuesto en movilizar toda su influencia de cara a endurecer las contemporizadoras posiciones chinas en lo relativo al «problema iraní» en el contexto de las Naciones Unidas, no ha conseguido en cambio arrancar de Wen nada más que algunas declaraciones de compromiso completamente hueras en torno a la «paz», la «diplomacia», el «diálogo» y el «derecho internacional». Desde El Revolucionario y sin perjuicio de que China tampoco pueda ignorar la realpolitik evidentemente, y menos aún desconocer sus propias necesidades energéticas, juzgamos extremadamente inadecuadas tales ambigüedades propias de los representantes de la sexta generación de izquierda definida frente a las amenazas formales pronunciadas por la República Islámica.

En el segundo día de su visita a China, el primer ministro Israelí Ehud Olmert se ha reunido con su homólogo chino Wen Jiabao en el Gran Salón del Palacio del Pueblo, sede del «legislativo» de la República Popular. En su viaje, que marca el quince aniversario del establecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países el estadista del partido Kadim —cuya familia procede, según ha recordado él mismo a título anecdótico de la ciudad china de Harbin— ha venido tratando de movilizar sus buenos oficiones, según todos los indicios disponibles, a fin de hacer adoptar a los representantes del «Imperio del Centro» una posición más «firme» a la hora de tratar de impedir, por todos los medios posibles, que la República Islámica de Irán adquiera la capacidad de fabricación de armas nucleares. Tal objetivo, por parte de Olmert —que antes de llegar a China ha realizado, durante las pasadas semanas, las visitas de rigor a otros países de los «cinco magníficos» del Consejo de Seguridad de la ONU tales como EUA y Rusia—, parece enteramente natural toda vez que el presidente de la República Islámica ha podido amenazar en repetidas ocasiones con destruir al Estado de Israel en nombre de los delirantes principios teológico-políticos de la religión mahomentana.

Sin embargo, Wen Jiabao en declaraciones realizadas en el contexto de su entrevista con Olmert ha preferido refugiarse en ambigüedades alicianas sobre la «paz», el «diálogo» o el «derecho internacional» antes que modificar, en lo más mínimo, las contemporizadoras posiciones que China y Rusia, aliados comerciales estratégicos de Teherán, han podido mantener hasta la fecha: «China espera que la comunidad internacional reforzará sus esfuerzos de cara a una temprana continuación de las negociaciones» ha declarado Wen, añadiendo además que: «a China le gustaría realizar esfuerzos constructivos para resolver de un modo pacífico la crisis iraní».

Comprendemos perfectamente que China pretenda «curarse en salud» y trate de evitar cualquier desestabilización en un régimen cuyo petróleo y gas natural al fin y al cabo necesita si es que quiere continuar alimentando el imparable crecimiento de su economía, y ello incluso hasta el límite de tejer lazos de solidaridad con Teherán frente a terceras potencias muy determinadas, pero, ¿acaso les parece a los dirigentes de la sexta generación de la izquierda definida que el teocratismo absoluto de una «República Islámica» regida por clérigos que hablan en el nombre de Alá, el clemente y el misericordioso, resulta de algún modo compatible con los principios racionalistas y ateos característicos de la función «izquierda definida»?, ¿consideran los dirigentes de la República Popular China que un Irán dotado de armas nucleares puede, en modo alguno, estimarse un «tigre de papel» de cuyas amenazas podrán deshacerse fácilmente?, ¿juzgan los chinos que el «Centro del Mundo» no forma, a los ojos de los ayatolás a quienes se esfuerzan en extraer las «castañas del fuego», parte, y parte esencial, del territorio Dar al Harb que los valientes muyahidines tratarán de «conquistar» en su día a base, por ejemplo, de cinturones cargados de bombas?

Si así lo cree, se equivoca China y para calcular la magnitud de semejante error podrían Wen o Hu empezar por pensar en los secesionistas mahometanos de la provincia de Xinjiang a la que los islámicos se empecinan en seguir llamando Turkestán-Este, del mismo modo a como el Presidente Putin podría también comenzar por pensar en Chechenia antes de reírle las gracias a Almadinejad.


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